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No sé qué consecuencias vayan a tener las reivindicaciones estudiantiles de las últimas semanas, pero una de ellas, la más inesperada, es el retrato lamentable que dejaron de lo que pasa por oposición entre nosotros.
Si no estuvieran grabadas en Youtube, las perturbadoras palabras de Francisco Santos parecerían inverosímiles: un director de noticias de una cadena importante, un exvicepresidente del país, llamando abiertamente a la violencia contra unos manifestantes que, por su parte, no habían ejercido violencia ninguna. “Pues mire, yo le soy sincero”, dijo Santos con su tonito de taberna (y sin que se sepa bien con quién se está sincerando). Y luego aconsejó al “brazo de represión legal del Estado” el uso de “armas no letales” contra los estudiantes. “Les meten voltios a los muchachos”, siguió diciendo el personaje como si no hablara de ciudadanos, sino de ganado, “y los muchachos caen y se los llevan arrestados por interferir con una vía pública”.
En otro país —un país, digo, que no fuera Siria, Libia o una dictadura latinoamericana— esas declaraciones le hubieran costado el puesto. No en Colombia, desde luego, donde su violencia tiene algo de predecible o de ya conocido: es la misma violencia frívola, casual, fácil de ejercer o de invocar, que ha llenado nuestros últimos años. Uribe acudió muchas veces a la crispación y la agresión verbal, pero nunca fue frívolo. Lo más preocupante de las palabras de Santos (de su tonito, digo nuevamente, de taberna) es la frivolidad, la ligereza, la irresponsabilidad; lo más preocupante es la evidencia de que Santos, en sus comentarios, se siente arropado por muchos: los compañeros de taberna, las otras manos que pegan puñetazos en la mesa, toda esa facción de la derecha colombiana que sólo entiende el lenguaje de la represión y el autoritarismo más ordinario. En una manifestación, en cualquier reunión de multitudes, hace falta muy poco para que las cosas salgan mal y haya mucho de qué arrepentirse. Y aquí está un periodista importante, un exvicepresidente de una democracia, pidiéndole a la Policía que saque y use las pistolas de voltios. En su video, Santos dice que el país se incendia. Pero lo dice mientras saca una manguera y abre la llave de la gasolina.
De intenciones distintas, pero igual de caricaturesco y de ramplón, fue el discurso de Piedad Córdoba en la plaza de Bolívar, un inventario de populismos baratos tan gratuito, oportunista y entrometido, que podría incluirse en los manuales como ejemplo de los extremos a los que el proselitismo no debe llegar para no hacer el ridículo. La retórica vacía, la pueril corrección política —“todos y todas”, “campesinos y campesinas”—, ¿no habrán irritado a los estudiantes, o por lo menos a aquellos capaces de reconocer la demagogia barata y la insultante simpleza del eslogan? Está muy bien que Piedad Córdoba hubiera querido dar su apoyo a los estudiantes. Pero me pregunto: ¿no podía hacerlo respetando su inteligencia? ¿No podía hacerlo con ideas en vez de peroratas insustanciales? ¿Habrá algún estudiante que, preocupado por la ley de educación superior, no se haya sentido usurpado al oír las consignas contra el imperialismo yanqui y el TLC?
Como digo: triste retrato el de esta oposición. Delatarla no será el menor logro de la tal Mesa amplia.