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La primera columna que escribí para este periódico, en mayo de 2007, no tenía más propósito que el de indignarme públicamente por una injusticia flagrante: la inclusión, en la (tristemente) célebre Lista Clinton, de los cinco miembros de la familia Mor Dale.
No era una indignación privada, ni la mera defensa de unos buenos amigos por quienes hubiera puesto y todavía pondría la mano en el fuego, sino una protesta contra la existencia misma de la lista, que me sigue pareciendo —a mí, que de nacionalista tengo más bien poco— una afrenta directa a la soberanía colombiana y un ejemplo de grotesco intervencionismo. En ese entonces escribí que el caso de los cinco Mor Dale era “tan aberrante, tan redomadamente injusto, que se volvió noticia nacional”, como sin duda lo recuerdan los lectores, y dije además, queriendo jugar con las cartas abiertas, que no iba “a pretender, para aparentar neutralidad, que no conozco a esa familia; es precisamente porque la conozco desde hace casi veinte años que puedo hablar de aberración”.
Tras meses de muerte civil —sólo ellos saben lo que tuvieron que hacer para sobrevivir mientras su país les cerraba las puertas por orden del Departamento del Tesoro de Estados Unidos—, los Mor Dale lograron una hazaña que está al alcance únicamente de quien no debe nada: ser retirados de la lista. “Su nombre y el de su familia quedan limpios y recuperan todos sus derechos civiles”, dijo la revista Semana. “Hay quienes creen que fue un milagro”. El Tiempo también dio noticia —la firmaba su corresponsal en Washington, Sergio Gómez Maseri— de la exclusión de la lista. Pero hace unos días, a pesar de esa resolución que los habría debido dejar para siempre en paz, a pesar de que su inocencia de los cargos que se les imputaban había quedado plenamente probada, los Mor Dale tuvieron que defenderse de nuevo, esta vez ante la justicia colombiana. Y lo siguen haciendo. Y habrá que ver cuándo podrán dejar de hacerlo.
Y no he podido no pensar en este triste país y en la peste particular que nos tocó en suerte. Todos los países tienen sus pestes, pero la que nos tocó en Colombia se las arregla con facilidad pasmosa para contaminarlo todo, para llegar a todas partes y tocar a todas las personas, por más transparentes que hayan sido sus vidas, y puede perfectamente obligar a una familia como los Mor Dale a invertir todo su tiempo, todas sus energías y una buena cantidad de dinero en defender, una y otra vez, su inocencia y su buen nombre. Que una persona de honestidad a toda prueba tenga que gastarse la vida defendiéndose, que un profesional brillante y un ciudadano modelo tenga que pasar los días reuniendo las pruebas de sus calidades, es una pesadilla que ya había sido imaginada por ese profeta de la paranoia que fue Kafka. Pero ni siquiera Kafka hubiera podido prever las idiosincrasias de la situación colombiana, donde nuestra peste particular puede perseguir y acorralar a cualquiera en cualquier momento. Durante demasiados años ha vivido entre nosotros, y ha acabado metiéndose entre la gente inocente y dejando víctimas colaterales en los lugares más inesperados. Ésa, me parece, es la verdadera tragedia.