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Ahora que todos hablan de Rayuela, ahora que en todas partes se escribe sobre Rayuela con la confianza que nos da escribir sobre un clásico, me dieron ganas de meterme en la correspondencia de Cortázar y recordar esos días que no viví: cuando el libro no era un cincuentón ilustre, sino un proyecto peligroso.
Cuando Rayuela, que hoy leemos como algo establecido, era un riesgo personal, una apuesta de vida sin garantía ninguna: la posibilidad de un desastre.
La primera alusión que he encontrado está en una carta de diciembre de 1958: Cortázar da noticia de la terminación de Los premios, una novela que nunca quiso del todo, y luego anuncia que quiere escribir otra. “Será, me temo, bastante ilegible”, dice. “Quiero decir que no será lo que suele entenderse por novela, sino una especie de resumen de muchos deseos, de muchas nociones, de muchas esperanzas y también, por qué no, de muchos fracasos”. En 1959 escribe: “Mi problema, hoy en día, es un problema de escritura, porque las herramientas con que he escrito mis cuentos ya no me sirven para hacer esto que quisiera hacer antes de morirme. Y por eso”, añade, “muchos lectores que aprecian mis cuentos habrán de llevarse una amarga desilusión si alguna vez termino y publico esto en que estoy metido”. En 1961, la antinovela tiene título: La rayuela. “Se van a decepcionar horriblemente, este Cortázar que-iba-tan-bien…” Y en 1962: “Diré con mi habitual modestia que será una especie de bomba atómica en la escena literaria latinoamericana”.
No se equivocó en nada. La rayuela, que no tardó mucho en dejar tirado el artículo, fue una fuente inagotable de problemas para el autor, el editor y el impresor; fue una ruptura difícil y dolorosa con todo lo que Cortázar había aprendido a hacer hasta el momento; decepcionó a muchos lectores de sus cuentos y le valió burlas y aun insultos de varios críticos; y fue, en fin, la bomba que su autor preveía, aunque el estallido no se dio necesariamente como él lo imaginó. En las cartas que siguen a la publicación del libro aparece una y otra vez la sorpresa de que hayan sido los jóvenes los mejores lectores de Rayuela, sus intérpretes privilegiados. Cortázar creyó que su libro —con su complejidad y su melancolía, su ácida ironía y su intelectualidad rampante— estaba dirigido a su propia generación, pero sus lectores llevamos medio siglo comprobando que no es así: que Rayuela es un libro que leemos en la juventud. Yo lo leí a los 19 años, en una edición de La Oveja Negra que se desencuadernaba con sólo mirarla, y sigo pensando que sus magias verbales, su tierna pedantería, su desconfianza de los valores predominantes y su retrato de la soledad establecen puentes inmediatos con la juventud. Rayuela, quién sabe por qué mecanismos, se las arregla para hacer las preguntas que uno se hace a los veinte; que esas preguntas cambien o no con el paso del tiempo (y con cada relectura) depende de cada lector. Y eso es válido hoy como lo era hace medio siglo.
En la misma carta en que acusa recibo del libro publicado, Cortázar le escribe a su editor, Paco Porrúa: “Dentro de once meses tendré 50 años, ya es hora de empezar algo en serio”. Pues bien, dentro de cuatro semanas Rayuela cumplirá 50 años. Y qué bien se ve todavía.