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Enrique Peña Nieto, candida- to a la presidencia mexicana por el PRI, andaba haciendo en la Feria de Guadalajara lo que los políticos hacen con tanta frecuencia: apropiarse de los espacios culturales para hacer proselitismos.
La cosa le salió bien hasta que un periodista de El Mundo le preguntó por tres libros, tres, que hubieran marcado su vida. Lo que siguió se puede ver y se podrá ver para siempre en Internet: Peña Nieto enredándose en un balbuceo de homo habilis que, bien mirado, no es distinto del de aquella reina de belleza de Carolina del Sur que trató de explicar por qué una quinta parte de los norteamericanos son incapaces de ubicar a Estados Unidos en un mapa. La diferencia, por supuesto, es la que va de una adolescente nerviosa y frívola a un político profesional y candidato a dirigir uno de los países más complejos y problemáticos del mundo. El único libro que Peña Nieto consiguió mencionar, después de tres hernias por el esfuerzo, fue La silla del Águila, de Carlos Fuentes, pero otorgándole la autoría a Enrique Krauze. Bueno, no exactamente: también mencionó la Biblia. Tuvo suerte de que el autor de la Biblia es de esos que no se olvidan fácilmente.
El monumental ridículo ha vuelto a poner sobre la mesa esa espinosa pregunta: ¿deberían los políticos ser intelectuales? No me refiero al sentido que tiene la palabra en Occidente después del caso Dreyfus: los escritores o artistas que asumen un compromiso público, participando en el debate político, tratando de interpretar la realidad. No: aquí hablo del significado más directo de la palabra. Pocos días antes del affaire Peña Nieto, el New York Times publicó una columna de Gary Gutting que parecía conocer de antemano lo sucedido en Guadalajara. “¿Qué es un intelectual?”, se preguntaba Gutting. “En general, alguien dedicado con seriedad a lo que solía llamarse la ‘vida de la mente’: el oficio de pensar, no por razones instrumentales, no con objetivos prácticos, sino simplemente por un afán de saber y entender”. Desde luego, no pensar con objetivos prácticos es algo que un político no puede permitirse; pero tampoco puede permitirse carecer de ese afán que se menciona. “Los intelectuales nos dicen cosas que necesitamos saber”, escribe Gutting. “Cómo funcionan la naturaleza y la sociedad, qué sucedió en nuestro pasado, cómo analizar conceptos, cómo apreciar el arte y la literatura”.
¿Necesita un candidato a la presidencia —o un presidente— estas capacidades? ¿Debemos los ciudadanos exigírselas? La idea, desde luego, no es popular: en Estados Unidos, por ejemplo, la manera más rápida de perder unas elecciones es parecer culto. La cultura se asocia al elitismo; ha cundido la idea de que la curiosidad intelectual es lo contrario del sentido práctico, mientras que la incultura o la franca ignorancia hacen que un político sea visto como “uno de los nuestros”. El gran éxito de Bush, quizás el hombre menos curioso y menos dotado intelectualmente que ha visitado la Casa Blanca, fue ser “un tipo con quien todo el mundo se tomaría una cerveza”. Bush se había tomado varias en su vida, quizás demasiadas, pero no por ello resultó más apto para la vida práctica. “Un buen político no debería ser un intelectual, pero debería tener una vida intelectual”, dice Gutting. ¿Qué opinan ustedes?