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Profetas del fin del mundo

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“Aquí está, por fin, la cosa distinguida”, dijo Henry James cuando supo que la muerte lo andaba rondando.

Desde que me enteré, a finales del año pasado, de que el mundo se va a acabar este año, no he dejado de pensar en las palabras de James. No sé cuántos de nosotros tendremos, al momento de nuestra muerte, la elegancia de esa cita, pero no hay que dejar las cosas para último momento: si el mundo se va a acabar, que nos coja con una frase bonita en la boca, o por lo menos en el correo electrónico. “La cosa distinguida”: eso era la muerte para James. Escribo esta columna en la tarde del tercer día del año; tres días, tres días más bien cortos, y ya he recibido varios mensajes que hablan de perdonar a los que amamos, o de amar a los que nos odian, o arrepentirnos de nuestros errores, o de rezar por quienes hacen el mal, o de que todos somos pecadores y nos merecemos esto; y pienso que la muerte podía ser una cosa distinguida a los ojos de Henry James, pero en realidad no hay nada menos distinguido —en otras palabras: no hay nada más vulgar— que esa forma de muerte colectiva que son las profecías apocalípticas.

Los profetas me aburren profundamente, y los profetas del fin del mundo me aburren por partida doble: no sé para qué se pone uno a mirar el futuro en busca de horrores, cuando el pasado y el presente nos ofrecen ya porciones generosas. O quizás estoy mirando mal el asunto, y la profecía del fin del mundo es un acto de optimismo: “aquí está, por fin”, dijo Henry James ante su propia muerte. Por fin, por fin se acaba esta vaina: ¿no será a eso que se referían los mayas, lamentándose en el fondo de que no les haya tocado a ellos ver el gran momento, ver a esa “cosa distinguida”? Pero qué les puedo decir: no parece que sea así. Los profetas del fin del mundo, desde el misterioso dictado que un tal Juan recibió en la isla de Patmos, nunca han actuado sin intereses ocultos: tan proselitistas eran el hereje Montano, que escribió más o menos al mismo tiempo que Juan, como el predicador radiofónico Harold Camping, que en el año 2010 le puso una fecha al fin del mundo: 21 de mayo de 2011. (No sé en qué andará hoy, pero recuerdo esas camisetas que llevaban la fecha en azul y las palabras “Día del Juicio”: esa platica se perdió).

En estos días ando revisando El agente secreto, la novela que Joseph Conrad publicó en 1907. La intriga de la novela —fundadora sin competencia del género de espionaje, antecedente directo del mejor Le Carré— gira alrededor de un intento de atentado terrorista que tuvo lugar en Greenwich en 1886. Pero sus riquezas van más allá. “¡Infeliz Europa!”, exclama un diplomático. “¡Perecerás por la insensatez moral de tus hijos!”. Las profecías del diplomático son objeto de burla para un personaje siniestro: el señor Vladimir, teórico del terrorismo, que aboga por un atentado que sea lo bastante efectivo: “contra edificios, por ejemplo”, y en particular contra algún edificio que represente un “fetiche para la burguesía”. “Un acto”, continúa Vladimir, “de una ferocidad destructiva tan absurda que resulte incomprensible, inexplicable, casi impensable: de hecho, demente”. Leo esas frases y pienso: ¿para qué necesitamos a los profetas, esos consumados charlatanes, si para ver el futuro bastan los grandes novelistas?

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