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¿Quién gana en la guerra contra las drogas?

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“COLOMBIA ASESTA EL MAYOR golpe al narcotráfico de la última década”, titulaba El País de Madrid el lunes pasado.

En el artículo de Pilar Lozano (una periodista notable, responsable de que en España no se tenga de Colombia la imagen que le gustaría al Gobierno) pasaba entonces a hablar de la llamada ‘Operación Fronteras’. Y lo hacía con cifras: los 35 equipos camuflados de la policía colombiana, los siete narcotraficantes y 12 pilotos detenidos en ocho ciudades, su relación con lavado de dinero en diez países. Y luego explicaba que una operación de este calibre no se veía desde 1999. Todo lo cual debería haberme producido una satisfacción simple: la que uno siente cuando la policía, que las más de las veces se ve frustrada por las filtraciones, puede llevar algo a cabo con éxito. Pero las cifras, en lugar de impresionarme, no hicieron más que subrayar la futilidad de la guerra contra las drogas.

¿Qué tipo de guerra es ésta que no se ha podido ganar desde 1999, a pesar de que a ella se dedica una parte nada despreciable del presupuesto de varias naciones? Desde 1999, digo, pero ya el artículo se encargaba de recordar a Pablo Escobar, muerto en 1993, cuando llevaba una buena década liderando el negocio del narcotráfico y llevando la crueldad criminal a extremos nunca vistos para defenderlo. ¿Qué guerra es ésta que no se ha ganado en unos 30 años, a pesar de que constituye el centro de los esfuerzos del país más poderoso del mundo, y de todos sus aliados? Respuesta: una guerra que no se puede ganar.

En 1979, Alberto Lleras Camargo leyó un artículo en la revista Time —“The Colombian Connection”, se titulaba— y profetizó que en el futuro “la guerra y la droga teñirán la reputación de nuestros compatriotas”. Lleras Camargo (ah, la época en que los presidentes sabían leer y escribir) explora la tesis de Gore Vidal: la posibilidad de que el problema entero de la droga haya sido creado por el buró de narcóticos y las leyes de policía. Donde no se lucha contra el tráfico, como en Inglaterra, el control de las drogas se encomienda a los médicos, y la mafia no puede entrar en ese negocio por una razón simple: no hay negocio. Mientras tanto, la política de Estados Unidos, según un asesor de la Casa Blanca, consistía en “elevar el precio de las drogas” de manera que “sólo estuvieran al alcance de las clases más ricas. La mafia debió de ver el negocio y entró con entusiasmo a buscar drogas dondequiera y a llevarlas a los Estados Unidos, donde se valorizaban automáticamente de manera inverosímil”.

Esto, como digo, en 1979. Desde entonces lo que hubiera sido un problema grave de salud pública —el consumo— se ha convertido en una industria capaz de desestabilizar gobiernos y de generar niveles de violencia nunca antes vista. Porque la corrupción y la violencia (increíblemente, hay que volverlo a decir) son cosa de estos últimos 30 años, a pesar de que las drogas han existido siempre. ¿No debería esto obligarnos a una conclusión? Lleras Camargo llega a una muy esquemática, pero no por eso menos cierta: “La coca, que solía masticar una minoría indígena en nuestras montañas aisladas, se convirtió en artículo de lujo gracias a la política del gobierno norteamericano”. Más de 30 años después, aquí estamos: tratando de ganar esta guerra artificial. Y así nos va.

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