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NO SOY UN LECTOR INCONDICIOnal de Saramago, entre otras cosas porque para mí no hay un Saramago, sino dos.
El primero publicó novelas como Memorial del convento, La muerte de Ricardo Reis y ese artificio maravilloso que es El Evangelio según Jesucristo. El otro empezó publicando Ensayo sobre la ceguera y siguió con La caverna, y Ensayo sobre la lucidez, entre otros, y pronto fue evidente que se trataba de un escritor distinto. El primer Saramago es para mí uno de los grandes novelistas de su siglo; el segundo, en cambio, es un magnífico prosista cuyas largas moralejas son un desperdicio de su talento. En sus últimos años, Saramago dejó que su afán pedagógico se llevara por delante las virtudes de la novela desde Cervantes: la neutralidad, la ambigüedad, la voluntad de no hacer proselitismos ni llevar mensajes. Muchos lo lamentamos, pero esa manera de hacer ficción sedujo a nuevos lectores. Y bueno: ellos tienen a su Saramago, y yo tengo al mío. La literatura da espacio para los dos.
Pues bien, no había yo acabado de lamentar su muerte (uno siempre lamenta la muerte de un gran escritor, aunque no esté de acuerdo con todas sus ideas) cuando se me cruzó en el camino el obituario, si es que se le puede llamar así a este escupitajo en prensa, que le dedicó el periódico del Vaticano. Lo firma Claudio Toscani, y es uno de los documentos más repugnantes que ha publicado ese medio cuya historia no carece de documentos repugnantes. Toscani hace un intento de parecerse a la crítica literaria, es decir, de hablar como un lector habla de un escritor, pero pronto resulta evidente que el texto entero tiene otras intenciones. Entonces pela el cobre y se convierte en lo que fue desde el principio: el último ataque de la Inquisición contra uno de los críticos más duros de la Iglesia.
El artículo se abre con estas palabras de dudoso gusto: “Aunque haya fallecido a la respetable edad de 87 años, no podrá decirse de José Saramago que el destino le mantuvo con vida a toda costa”. En algún momento hace el ridículo literario: critica a Saramago por tener “una técnica de diálogo completamente deudora de la oralidad”, que es como denigrar de un pintor porque las manos que pinta se parecen a una mano. Luego pasa al ataque ideológico: Saramago no era más que un “populista extremista” (curioso ataque contra alguien cuyas opiniones no hacían más que generarle enemistades y problemas). Saramago “siempre tuvo la mente enganchada en una banalización desestabilizadora de lo sagrado” (yo diría que cuestionó los tabúes y las supersticiones que sirven de base a la Iglesia). En fin.
Lo molesto no es, por supuesto, el aireamiento de estas críticas. Lo molesto es su vulgaridad, la ausencia en ellas de todo atisbo de elegancia y de la más mínima caridad para con los que lloran todavía al muerto. Lo molesto es el hecho de que el escupitajo retórico aparezca apenas horas después de la muerte del autor, que ya no se puede defender. En los últimos años de su larga vida Saramago no recibió un ataque como éste de la Iglesia o sus medios; esos medios esperaron a que Saramago muriera para hacerlos. Pero no sé por qué lo sorprende a uno que salga algo tan cobarde y trapacero de una institución, esta Iglesia romana, que no hubiera llegado adonde está sin ser trapacera y cobarde.