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Hace unos días vino de viaje un viejo amigo alemán que conoció Colombia hace treinta años y no venía hacía cinco.
Al llegar a Bogotá me dijo: “No puedo creer que el aeropuerto todavía esté en obra, ¿sabes cuándo lo terminarán?”. Yo, con sentido patriótico, le dije: “Sí, claro, se han demorado, pero pronto lo terminarán y quedará buenísimo”. Luego me dijo: “Bueno, fui a Medellín y Cali, y allí el tráfico sí está muy difícil, está muy pesado, pero en Bogotá intenté ir a visitar a un amigo que vive en el Centro y me tocó bajarme del taxi e irme a pie porque me rendía más a pie que en carro”. De nuevo le dije: “Están terminando la calle 26 y en cosa de un año ya tendremos paso”. Me respondió con amabilidad: “Bueno, pero no es sólo la 26, también la carrera Décima y la Séptima. Todo está en obra desde la última vez que yo vine”.
Luego lo llevé a Villa de Leyva. ¡Qué trancón en la Autopista! Le expliqué que estaban arreglando la calzada del Transmilenio y que seguro había un choque o un varado. Al regreso, el trancón se inició entre Gachancipá y Tocancipá; mi amigo no entendía qué estaba pasando y me comentó: “Llevan más de diez años ampliando la vía a Tunja, los peajes son costosos y la carretera está bloqueada”. Busqué una explicación, pero no la encontré. Al día siguiente, mi amigo alemán resolvió irse al aeropuerto con cuatro horas de anticipación, por si acaso había otro trancón.
Miremos las razones de esta situación absurda, que ya empieza a ser nuestro principal indicador de subdesarrollo. En el año 2010 la industria automotriz tuvo un récord histórico en ventas: en 2011 creció aún más y volvió a batir récord; para 2012 se estima que la cifra de ventas será superior a las de los años anteriores. Esto significa que más colombianos tendremos auto y que el auto particular que hace cuarenta años sólo era accesible para las familias de estratos altos, hoy día está al alcance de los sectores medios y en pocos lo estará al alcance de casi todas las familias colombianas. Muy democrático, pero no debemos engañarnos: esto no es un indicador ni de progreso ni de bienestar, pues en Colombia hay más carros y menos movilidad. En infraestructura estamos peor que los países centroamericanos, y aunque ahora hay recursos financieros por las extracciones de petróleo, carbón y otros minerales, la corrupción pública y privada nos tiene bloqueados.
Si bien el parque automotriz seguirá creciendo (entran muchos carros y los viejos se quedan), lo que no podemos aceptar es que teniendo condiciones financieras y técnicas para mejorar la infraestructura, la corrupción pública y privada nos siga impidiendo toda posibilidad de cambio. También es necesario entender que el auto privado satisface un sueño familiar, pero no soluciona el problema de la movilidad cotidiana en las grandes ciudades, donde la única solución es un eficiente sistema de transporte público.