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La crisis ambiental y emocional que vive y siente el país por la sequía en la Orinoquia genera preguntas con respuestas inciertas y diversas.
Las imágenes que nos mostraron los medios de comunicación provocaron una alerta nacional que despierta conciencia de que algo serio está pasando.
Que el verano de este año en los Llanos Orientales no sea el más fuerte de los últimos años dificulta identificar las causas de lo ocurrido y nos dice que la dinámica ambiental está cambiando.
Unos dicen que es la destrucción del bosque en la parte alta de las cuencas, en la zona andina, lo que acentúa la escasez de agua. Otros dicen que es la alteración del sistema hidrológico de las sabanas naturales y los esteros que normalmente se inundaban y ahora están artificialmente intervenidos para proteger tierras de monocultivos de arroz, caña y palma africana, y que además, en verano, la agroindustria usa el agua para riego. Otros dicen que son las petroleras las que están secando los humedales y generando los grandes desequilibrios, pues sus técnicas profundizan el nivel freático y además usan mucha agua del subsuelo. Otros dicen que es el cambio climático, con sus climas extremos de lluvias y sequías localizadas, lo que hace que, mientras en Bogotá llueve torrencialmente, en la Orinoquia y la costa Caribe la sequía presente niveles extremos.
Por lo ocurrido, y considerando la reacción social, el Gobierno debe revisar su propuesta de intervención para la Orinoquia. Las cosas han cambiado y están cambiando y esto exige usar el principio de precaución antes de seguir impulsando la rápida transformación del paisaje que degrada los ecosistemas naturales y la cultura llanera.
Ante la incertidumbre, debemos tomar medidas para asegurar la conservación y la recuperación del sistema hidrológico, que incluye los bosques andinos y los sistemas de morichales y sabanas inundables, que históricamente han dominado y definido la vida regional. Esto exige una seria y aplicada planeación para el ordenamiento ambiental del territorio que asegure la conservación de lo que los científicos llaman la estructura ecológica principal. Estas medidas, con voluntad y fuerza política, pueden y deben hacerse efectivas rápidamente. Debemos analizar los impactos combinados de las diferentes actividades y tomar determinaciones sobre el uso del territorio bajo las premisas de sustentabilidad y beneficio social de largo plazo. Esto exige la acción combinada y armónica de diversas instituciones.
La destrucción de los ecosistemas naturales y sus servicios ambientales, el cambio climático y los climas extremos, los monocultivos y la intensificación de la producción agropecuaria, la extracción de hidrocarburos y la intervención artificial del sistema hidrológico exigen mucho cuidado y precaución, pues la combinación de estas actividades está generando efectos inesperados. Si bien, como medida preventiva, asegurar la conservación de la estructura ecológica principal es urgente, en el mediano plazo debemos mejorar nuestro conocimiento sobre el impacto de las diversas actividades sobre la dinámica ambiental y tomar determinaciones con más y mejor información. Si no lo hacemos, todos, en diverso grado, seremos responsables del caos, no solo en la Orinoquia sino en el país.