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Colombia, potencia global en biodiversidad y ecosistemas naturales, es marginal en la emisión de gases efecto invernadero (GEI), emite menos del 1 % del total. En el país el aporte por sectores y actividades corresponde a la matriz de la etapa preindustrial de los países hoy responsables del calentamiento global, y el crecimiento en Colombia relacionado con las emisiones por minería, generación de energía, transporte y sector manufacturero es similar al que tuvieron los países contaminantes en su etapa temprana de industrialización. Con el calentamiento global generado por las emisiones de los países de alto ingreso y consumo, es muy posible que, por la migración a tecnologías bajas en carbono, importantes reservas de carbón, petróleo y gas, propiedad de la nación, queden enterradas para siempre. Parece como si estuviésemos llegando tarde. La transición energética nos llegó sin industrialización, con grandes reservas de hidrocarburos y con un gran sector de la población en condiciones de pobreza. Se abren dos caminos: o nos volvemos protagonistas por las grandes contribuciones a la regulación climática asociada a los servicios ecosistémicos generados por nuestros bosques y humedales, de gran valor para la humanidad, o seguimos siendo marginales y atrasados en un mundo globalizado donde otros toman decisiones e imponen el camino a seguir.
Según el Ideam, en Colombia el sector agropecuario y el cambio de uso del suelo generan el 54 % de los GEI. Las emisiones de GEI por sectores —minería, agricultura, ganadería, sector manufacturero y deforestación— son similares a las que tenían países europeos durante los siglos XVIII y XIX, cuando el crecimiento poblacional, el desarrollo de la infraestructura y el aumento de la capacidad de demanda aceleraron la deforestación y expandieron agricultura, ganadería y minería.
Durante la segunda mitad del siglo XX, en el hemisferio norte, se dio un aumento del área en bosques como respuesta a la industrialización y la crisis rural, mientras en Colombia aún se impulsaba la deforestación, buscando incorporar nuevos territorios a la producción agropecuaria. Vamos un siglo atrás.
Actualmente, Colombia presenta una contaminación urbana creciente, asociada a su rápido proceso de urbanización y al desarrollo manufacturero precario y contaminante. El crecimiento urbano se acompaña de un continuo aumento del parque automotor movido por combustibles fósiles, que contamina, congestiona y deteriora la calidad de vida y la salud de los habitantes de las grandes ciudades, tal como sucedió en los países industrializados a mitad del siglo pasado. Mientras en Europa, Estados Unidos y en las grandes ciudades asiáticas hoy están mejorando los índices de calidad del aire, en Colombia aún están empeorando. Vamos medio siglo atrás.
Ante la urgencia de una rápida reconversión de la matriz energética global, es muy probable que se empiece a cobrar un impuesto a los hidrocarburos por su ingreso a los países industrializados, afectando su demanda y acelerando su sustitución. Falta ver si somos capaces de negociar que nos compensen por no extraer ni usar parte de nuestras reservas de carbón, petróleo y gas. Simultáneamente debemos negociar para que nos compensen por los aportes a la regulación climática, asociados a la conservación de nuestros bosques y humedales que hoy cubren la mayor parte del territorio nacional.
En el contexto global actual, los ecosistemas naturales y sus servicios ecosistémicos son el capital natural con el cual debemos asegurar y gestionar un mejor vivir para la población colombiana, porque de su conservación depende nuestro futuro.