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Todos estamos dedicados a evaluar al procurador y al alcalde. Del primero ni hablemos.
A Petro, que tiene buenas ideas, le faltó entender a Mandela, quien con su actitud demostró que la humildad y la sencillez generan poder. Al alcalde, su arrogancia le ha impedido trabajar en equipo, condición necesaria para administrar una ciudad como Bogotá.
Todos pensamos que las administraciones de Bogotá son malas porque vivimos horas y horas en los trancones o porque nos ahogan en el Transmilenio. Ninguna administración será buena si centra todas sus acciones en el ombligo, ni tampoco, como el alcalde piensa, sólo en la capital, así como tampoco pensar exclusivamente en Bogotá-Región.
Del caos el principal responsable es el Gobierno central, ningún presidente de la República ha propuesto y menos impulsado una política poblacional de ocupación armónica del territorio nacional que piense a la capital como parte del país, y acuerde con el alcalde políticas efectivas para frenar el acelerado proceso de concentración que vivimos en Colombia. Hemos permitido y apoyado que se concentre gente, producción y consumo en una gran, densa y extensa Bogotá-Región generando caos y crisis urbana. Bogotá comparte esta situación denigrante con las grandes macrociudades latinoamericanas: México D.F., Lima, Caracas, São Paulo, entre otras. En nuestros países se ha permitido que las fuerzas del mercado y las economías de escala lo centralicen todo. En las macrociudades se ubican las principales empresas, allí están todas las instituciones públicas nacionales, a ellas migra la mano de obra no calificada y en ella se forma y luego reside la calificada, pues allí están las principales universidades y oportunidades laborales.
Todo refuerza la concentración y para muchos el milagro sería armonizar la administración de Bogotá con la de los pueblos que la rodean. Esto generaría una macrociudad de 18 millones de habitantes para 2025, ocupando Soacha, Mosquera, Chía, Cajicá, Zipaquirá, Sopó, Tocancipá, Gachancipá y sus alrededores; Bogotá-Región no es la solución, nadie quiere una ciudad de ese tamaño. Debemos pensar en la ocupación y uso del territorio nacional y para lograrlo hay que poner a trabajar al descompuesto DNP para que coordine al presidente de la República con el alcalde de Bogotá con el fin de descentralizar la producción, la riqueza y las oportunidades.
Un alcalde con visión futurista, además de tapar huecos y hacer el metro con recursos bogotanos —la Nación no debe fortalecer la concentración desviando recursos del resto del país al centro para financiar el metro— debe tomar medidas para frenar el crecimiento de Bogotá. Debe fijar un alto impuesto a las nuevas empresas que se ubiquen en Bogotá y poner un impuesto de ingreso para aquellos bienes industriales que sean producidos en lo que llamamos Bogotá-Región. Debe hacerse más barato producir en Tunja, Ibagué o Villavicencio que en Bogotá-Región. Las grandes universidades y muchos institutos nacionales también deben salir de Bogotá.
Para vivir un mejor país y superar el caos bogotano tenemos que frenar la concentración en Bogotá-Región.