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Mucho mundo, poca calle

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Nuestro país, y sobre todo nuestras élites intelectuales, han sufrido históricamente un complejo de inferioridad frente a sus pares extranjeros.

Adoptar y adaptar ramplonamente discursos, teorías y tendencias globales ha sido una tradición inveterada de nuestra sociedad, y de manera gradual ha ido permeando los medios de comunicación, los cuales se han ido convirtiendo en educadores, teniendo la potestad de glorificar o condenar personas e ideas sin mayor análisis, más allá de aquel que dicta la tendencia o la mentalidad prevalente. Mucho mundo, poca calle.

Ejemplo de lo anterior es la columna “Poderoso pop” de Catalina Ruiz-Navarro, publicada hace unas semanas en este diario, y que argüía en favor de un feminismo pop, pregonando que el uso de anticonceptivos, el tener una cuenta bancaria y el poder votar son privilegios debidos al movimiento feminista, e implicando que gracias a éste todas las mujeres han ido adquiriendo la posición y el respeto que con toda justicia les es debido.

No obstante, para doña Edilma, madre de familia, administradora de la panadería La Jugada, estudiante, esposa y líder comunitaria de Cazuca, la columna citada nada significa, como tampoco compete a la mayor parte de las mujeres colombianas: la cuenta bancaria es familiar; el uso de preservativos no es una urgencia vital; vota de vez en cuando y cuando le queda tiempo. Empero, doña Edilma está muy lejos de la sumisión y humillación por parte del sistema patriarcal que la escritora asume para aquellas mujeres que no viven conforme a su forma unidimensional de entender la feminidad. Todo lo contrario: si algo caracteriza y ha caracterizado a estas mujeres —a un porcentaje alto de la población femenina en Colombia— es que llevan las riendas de su vida con independencia, con coraje y valentía, aun viviendo dentro de un sistema patriarcal; son mujeres poderosas cuyas reivindicaciones son silenciosas, pero notables y cotidianas, y que tienen mucho más que mostrar por sí mismas y por su trabajo que lo que pudieron haber ganado por unos supuestos privilegios etéreos…

El problema, empero, no es la escritora —que estoy seguro es bienintencionada— sino su asunción (por la imposibilidad de contrastar teoría y práctica, mundo y calle) de que lo que es cierto para ella y su círculo ha de ser cierto para todas las mujeres. El tener mundo la ha llevado a ella y a tantos de nosotros, escritores de opinión, a teorizar, a asumir como dogma de fe las cifras y la estadística (la ciencia de la magia y la manipulación de los números), a adoptar discursos, a acceder a resúmenes y datos puntuales de sistemas teóricos, y a poder utilizar adecuada y eficientemente los recursos informáticos a que tenemos acceso desde nuestro computador gracias a nuestra posición de privilegio.

Pero tener mundo no es suficiente. Se necesita salir, tener calle. Poder contrastar aquello que se lee, se ve o se intuye con el mundo real, pues se ha generado la idea entre nosotros, escritores y opinadores mediáticos, de que citar, esbozar o conocer la teoría es suficiente para hablar y escribir con conocimiento de causa. Y no sólo es eso: lo que es más cuestionable es que pretendamos imponer una serie de ideas utópicas en un país cuya calle sigue siendo la que dicta la realidad.

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