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No voto: una alternativa política

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Mucho se ha especulado y se especulará acerca de este vergonzoso proceso electoral. Pero lo único cierto desde hace meses, incluso años, es que sabemos quién ganará; y lo hará arrasando, como siempre. El domingo ganará de nuevo la abstención —a la que este columnista prefiere llamar no voto—.

Es de prever que el examen simplista del creciente enjambre de analistas políticos y periodistas no tomará en cuenta la trascendencia del fenómeno del no voto, asociándolo a simple apatía o desinterés. Sin embargo, como alguien que no vota, puedo decir que no hay nada de apatía, desinterés o cinismo en tal decisión para un creciente número de personas.

Antes de escribir estas líneas consulté con otros abstencionistas, apolíticos, anarquistas, indolentes, apátridas, o como se les quiera llamar. Hay algo en común: hay mucho interés por el devenir de nuestra sociedad, matizado por la esperanza o la desolación, dependiendo de la perspectiva; en lo que no se confía es en la democracia ni en sus subproductos, los políticos.

En el peor de los casos, quien no vota está expresando así su frustración con un sistema que promete mucho y cumple poco. Es su forma de decir que ha sido tratado injustamente, que ha sido decepcionado, engañado y manipulado demasiadas veces; que no va a creer más y que no va a consentir, validando con su voto, actos ruines. No votar es, en este sentido, la forma de decir ¡basta!, voy a hacer con mi vida lo mejor que pueda para mí y para los míos… Normalmente, este no votante es una persona del común, alguien que no cae en acaloramientos ni en pugnas de mal gusto, pues las vulgaridades de la política tradicional, fruto de un sistema que las aprueba, las legitima y las replica, alteran su tranquilidad.

Para algunos más de nosotros, no votar es una actitud deliberada. Es el acto simbólico por el cual los ciudadanos —los representados— que cedimos derechos y deberes sociales a nuestros llamados “representantes”, los retomamos por el incumplimiento reiterado del oficio que les compete: es la forma de volvernos a responsabilizar de ellos ignorando al representante y a cualquier autoridad derivada del mismo.

En este sentido, no voto porque he optado por tomar el camino difícil y hacer algo en aquellos aspectos que me afectan, que me indignan, que me involucran, y he elegido hacerlo yo mismo sin esperar a que otros hagan por mí. No voto porque mi voto —así sea en blanco— valida las lógicas de un sistema vetusto y anquilosado. No voto porque no quiero tener pretextos para reclamar de otros lo que yo mismo no soy capaz de hacer; no voto porque me harté de quejarme, de ser parte de la esterilidad común fomentada por una democracia que estimula la inacción de los votantes. No voto, en fin, porque la gran política siempre ha sido igual y realmente poco afecta la cotidianidad de la mayoría, salvo para indisponer con sus escándalos continuos, las más de las veces, o para entretener, desafortunadamente, las menos.

No votar puede ser entendido como el acto mediante el cual cada quien asume el peso de su destino y la responsabilidad por sus acciones. Ulteriormente, el no voto es un llamado a la acción directa, a hacer más y gritar menos.

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