Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
En estos días, las miserias de la política han sido el motor del mundo de la fantasía virtual y de las redes sociales en las que vivimos buena parte de los estáticos habitantes de Bogotá.
Índices levantados y temblorosos, altisonancia, insultos, chabacanería, disgustos, ruido sordo, como siempre, de los trombones del pesimismo oportunista y de la etérea indignación.
Mientras Bogotá se mesaba los cabellos con desesperación, no muy lejos (allí mismo realmente, aunque no lo parezca), en las goteras de la urbe, en el colegio Julio César Turbay de la comuna 4 de Cazucá se realizó un almuerzo comunitario de Navidad. Fue el momento para agradecer por lo positivo que dejó el año y para marcar el inicio oficial del programa “Tiempo de cultivar, tiempo de cocinar”, proyecto conjunto de Funleo y Visa, usando el maravilloso trabajo de base que la Fundación Tiempo de Juego ha venido llevando a cabo con niños y jóvenes de la comunidad desde hace más de ocho años. Dignificar personas a través de la recuperación de espacios degradados es la esencia del proyecto que busca integrar agricultura urbana, gastronomía y arte. Adecuar terrazas, solares, patios, antejardines, parques, paredes: cualquier espacio disponible, por pequeño que sea, para que la naturaleza lo reclame de vuelta; luego, sembrar, cosechar, cocinar y embellecer.
La olla siempre llama a la camaradería y, en la tarde del sábado, la alegría pronto hizo su aparición. Todos se integraron, todos hicieron algo, lo que fuese, incluso los patrocinadores corporativos quienes, sin percatarse, terminaron entremezclados con la multitud; y el tiempo se fue rápido, o así lo pareció, como siempre que se lo pasa bien.
Tras las fiestas decembrinas, grupos de niños y madres adecuarán los espacios destinados para las huertas: se harán camas, semilleros, composteras y recipientes recolectores de aguas lluvias. Luego vendrá el arte: el arte de la ciudad, el grafiti. Cada espacio de siembra será intervenido por jóvenes de la comunidad, será marcado positivamente por y para la misma con la ayuda de los maestros de la calle. La segunda semana de enero se sembrará, como se ha hecho desde antaño en estas tierras, y los primeros “paisajes comestibles” deberán estar listos en unos cuantos meses.
Esto será sólo el comienzo. Lo que vale la pena toma tiempo y, si en 2016 – cuando haya que elegir otro alcalde de nuevo– puntos verdes de follaje y colores de grafiti salpican las lomas de Cazucá; si para entonces el verde ha ido retornando a estos cerros yermos y agotados, y si aquello viene de la mano de una comunidad cohesionada, autónoma, digna, algo se habrá logrado. Mucho o poco, pero algo se habrá logrado sin intervención de políticos oportunistas ni de funcionario alguno.
Por ahora, arrancó todo con un almuerzo feliz mientras, a lo lejos, el ruido de la vergüenza política apenas si se escuchaba entre la música decembrina de la banda del barrio, los juegos de los niños, las risas, las charlas y las chanzas distendidas de los adultos, las madres, los voluntarios, los patrocinadores corporativos y los miembros de las fundaciones. Bajo un cielo azul y promisorio terminó la tarde como debió: con buenas palabras y buenos deseos; con esperanza para lo que se viene.