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Trágica es la muerte del viejo

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NUESTRA SOCIEDAD, OBSESIONA-da con el futuro —porque ni siquiera el presente parece importarle—, protege hasta lo ridículo a sus generaciones más jóvenes. Sin embargo, el trato que dispensa a sus viejos es fiel reflejo de un estado espiritual cuestionable.

Hace unas semanas, en medio del afán que produce la oficina pública que cerrará pronto, dejé mi vehículo estacionado en una de las tantas calles de Bogotá. Una voz tras de mí mencionó que mi carro sería bien vigilado y yo, sin mirar atrás por ir absorto en lúgubres pensamientos de trámites burocráticos, asentí. Cuando volví un par de horas más tarde, allí estaba mi auto y, junto al mismo, una señora muy vieja aguardaba. Más que vieja era anciana: diminuta y completamente arrugada, era quien vigilaba los carros de aquella calle. Me dijo que yo era su último cliente y que me estaba esperando para volver a su casa, en Soacha, a más de dos horas de distancia en bus. Aquella señora tan frágil, tan vulnerable, hace un trayecto de cuatro o más horas todos los días, sola, sin importar la rudeza del clima, ni sus achaques. Y a nadie parece importarle. Darle unas monedas, casi nada en realidad, fue terriblemente vergonzoso para mí y desde entonces lo sigue siendo.

Dentro de las comunidades Sikuani del Vichada, la pérdida de un viejo es mil veces más dolorosa y trágica que la pérdida de un infante: al fin y al cabo al bebé se le puede reemplazar relativamente fácil, mientras que es casi imposible reemplazar generaciones de experiencias acumuladas. Con la muerte de un anciano una sociedad pierde un repositorio de saberes y experiencias invaluables e irreemplazables. Y esto es —y ha de ser— una tragedia.

¿Pero qué pasa con nuestros viejos? Nos fastidian y nos incomodan porque nos recuerdan nuestra mortalidad pero, sobre todo, porque en ellos vemos el pasado que nos aterra y al que le damos la espalda. Lo viejo es feo, pasado de moda, anquilosado, vetusto, inservible. Los viejos se mueven lentamente en un mundo deshumanizado por la obsesión de la velocidad: pocas veces son prácticos y concretos como lo exige la contemporaneidad, y sus circunvoluciones al hablar parecen eternas en el mundo de las comunicaciones instantáneas, controladas cada vez más y más por los zombis de Blackberry y su limitadísimo lenguaje. Es verdaderamente triste ver a tantos ancianos pidiendo limosna en los semáforos y puentes peatonales, o siendo despreciados y olvidados por sus familias.

Hace unos cuantos días, una gran amiga perdió a su abuela. A pesar de los casi noventa y dos años de la señora, para mi amiga y su familia la pérdida es irreparable. Y lo es porque, alrededor de la abuela, de una verdadera matrona, giraba la familia entera. Los lazos emocionales, cada vez más endebles dentro de las familias extensas de hoy en día, los mantenía atados la abuela por su sola fuerza de voluntad. Con la muerte de doña Leonor, la familia perdió irremisiblemente aquello que la mantenía cohesionada. Y en estas fechas de reflexión y balances ¡cuánta falta hacen aquellas grandes reuniones familiares alrededor de nuestros abuelos!

Yo perdí a mis abuelos siendo muy chico, pero aún añoro las celebraciones de diciembre atestadas de familiares medio conocidos o completamente desconocidos. Dichosos aquellos de ustedes quienes aún tienen y valoran a sus viejos. Para ustedes esta Navidad será mucho más significativa y hermosa que para mí y mi amiga quien, desde ya, intuye cuán trágica es la muerte de un viejo.

atalaya.espectador@gmail.com

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