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Una generación brillante

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La nueva Colombia ya está aquí. Y está a cargo de una generación brillante de la cual la selección de fútbol es tan sólo la muestra más visible.

Aunque incomprensible para sus mayores, esta generación es extraordinaria porque ha entendido por fin que “éxito” y “felicidad” no son lo mismo y que, si son felices antes que exitosos, ulteriormente tendrán una vida mejor. Es maravillosa esta generación porque también entiende la diferencia entre individualismo y egoísmo, y ha elegido el primero con la certeza de que sumando, trabajando en equipo, compartiendo, ayudando, ganamos todos, y que el mundo de antes, el de “el vivo vive del bobo”, tan celebrado aún, es poco menos que detestable. Esta generación entiende además que sacrificar algo de beneficio personal en aras de la sociedad es una inversión para su futuro y el de las próximas generaciones.

Al igual que la selección, el nuevo colombiano no es blanco, ni indio, ni negro: es colombiano y punto. No es de derecha ni de izquierda, ni sigue la primera, la segunda o la tercera vía. Poco o nada se involucra con las dinámicas políticas actuales que lo hastían y lo restringen porque ha superado las interpretaciones parciales y parcializadas de su historia y lleva la frente en alto. Seguro de sí, nació y se crió en plenos procesos globalizadores y, por lo mismo, se entiende como parte integral del mundo, intuyendo más las cercanías que las distancias con éste, a diferencia de sus mayores. Pero también asume valores de familia, de vida en comunidad, valores de antaño que les calaron más a ellos que a sus padres o abuelos, quienes se ahogaron trágicamente —como toda la Colombia del conflicto— en el deber ser de una modernidad de libro, totalmente artificiosa para nuestra realidad. Así esta generación se hace responsable por sí y por los demás de una manera fluida, sin imposturas, porque se asume colombiana dándole valor a lo que ayer era vergonzoso: el mestizaje, la diversidad; esa identidad variopinta; desordenada pero creadora; vocinglera pero amable; caótica pero generosa…

Paralelamente a esta selección Colombia que tanta altura alcanzó en Brasil, hay otra no menos emocionante que juega todos los días en casa. Es el grupo de colombianos que se está echando el país a cuestas: desde las calles con el grafiti más reputado de América; desde la vibrante gastronomía propia, original y no imitativa de Mini-Mal; desde la educación alternativa propuesta por BogoHack; con la música de Bomba Estéreo y ChocQuib Town; a través del humor fino e irreverente de Actualidad Panamericana; desde la literatura fresca, pero crítica, implacable, de Mil Inviernos y de la Bobada Literaria; con el trabajo de fundaciones que sin exigir, calladamente, han ido reemplazando eficientemente la labor del Estado, como Pies Descalzos, Colombianitos, Tiempo de Juego y muchas más que en los últimos años surgen por doquier.

Ha llegado el momento de que esta generación brillante se suelte y de que sus padres y abuelos aprendan cómo se pergeña un mejor destino. Ha llegado la hora de que vetustas generaciones de políticos, académicos, intelectuales, padres y madres aprendan y amplíen sus horizontes de posibilidades: nuestros hijos nos muestran el camino. ¿Cómo no ser optimistas?

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