Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Soy escritor por culpa de un profesor de español. Gonzalo Tobar nos leía cuentos, poemas, novelas (María, La vorágine, Risaralda, Poe, Silva, Almafuerte) mientras el viento de la tarde metía por las ventanas del salón las hojas secas de la enorme ceiba del patio. Aunque éramos una turba de crápulas irredentos, cuando don Gonzalo empezaba a leer sucedía algo que nos civilizaba súbitamente y nos hacía niños silentes y atentos, gamines ilustrados.
Era bajito, gordo, rubio y ojiclaro. Subrayaba ciertos pasajes con los ojos y tenía una voz estupenda y unos dedos precisos que podían trazar, con una monolínea rápida y perfecta, cualquier cosa: un camello, para mostrarnos la pirámide que llevan en la joroba, o un cisne, para que viéramos cómo nos interroga con su cuello arqueado, o el mapa de un tesoro, para picarnos la ambición.
Yo era buen estudiante porque tuve la fortuna de empezar con ventaja: había hecho un prekínder en casa con mamá, cuando aún no iba a la escuela porque carecía de “uso de razón”, una luz que solo les era dada a los niños mayores siete años. Envidiaba las acuarelas, los ábacos, los colores y las cartillas de mis hermanos, y vivía rogándole a mamá que me metiera a la escuela. Ella aprovechó mi envidia, me puso a hacer planas y me regaló dos juguetes calidoscópicos: los números y las letras. No pudo darme más. Era viuda y modista.
Antes de terminar el bachillerato fui profesor particular de jóvenes ricos desaplicados y me convertí en un muchacho adinerado que podía invitar a los amigos a cine y remplazar el balón viejo. Hoy dicto clases de escritura en las que enseño cuatro cosas y aprendo mil (por alguna tonta sinrazón, la educación sigue siendo de una sola vía: se cree que el conocimiento es algo que viaja de la mente del profesor al cuaderno del alumno. Se equivocan: el conocimiento es un constructo colectivo, o no es).
En el intervalo, entre los balones y las clases de escritura, conocí muchos profesores. Los he visto compartiendo su lonchera con un alumno pobre, dando clases gratis a un alumno lento, arreglándole la trenza a una pecosa vivaz, dando la pelea para defender los derechos de un joven gay, sacando plata de su bolsillo para comprar marcadores y cartulinas y sudando la gota para tratar de explicar el Big Bang o cómo fue que empezó la vida, una noche de amor y aminoácidos hace 4.000 millones de años, que produjo el nacimiento de “un Adán microscópico, simple y perfecto, con cuerpo de bacteria y corazón de ADN”*.
La vida no ha parado de regalarme profesores extraordinarios. Llinás. Arciniegas. José Fernando Isaza. Alejandro Gaviria. Amparo Sinisterra. María Eugenia Carvajal. François Jacob. Harari. Borges. Valery. “Dorotea”, mi tortuga, filósofa a su manera.
Un día, sin poder dar crédito a mis ojos, vi cómo se repetía, a gran escala, el milagro del profesor Tobar: millones de bárbaros empezaron a comportarse como sujetos urbanos gracias a las lecciones de un profesor lituano y ligeramente chiflis. Otro día conocí en la Universidad de Princeton a Ann Druyan, la poeta que le dictó a su marido, Carl Sagan, un padre nuestro laico: “Salvo el hidrógeno, todos los átomos que forman nuestro cuerpo —el calcio de los huesos, el hierro de la sangre, el carbono del cerebro— se formaron hace miles de millones de años en estrellas gigantes rojas. Somos polvo de estrellas que piensa sobre las estrellas”.
A mamá, que me dio dos regalos infinitos y leves, y a esa legión de hombres y mujeres que han dedicado su vida a la enseñanza, les dedico esta columna en desagravio a las necias palabras de un señor (llamémoslo así) cuyo nombre no debiéramos recordar jamás.
* Antonio Vélez, ensayo “Principio y fin”.