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Leí hoja por hoja y diente por diente El arte de Fernando Botero, obra escrita por su hijo, Juan Carlos Botero.
Digamos primero que el libro decae al principio. Empieza contando que en el 2003 ArtReview hizo la lista de los diez artistas vivos más cotizados del mundo, y Botero quedó de quinto. Es un error empezar con un dato tan frívolo y, para colmo, poniendo al papá de quinto, un lugar afrentoso para el estratosférico ego del pintor.
En el segundo párrafo Juan Carlos hace una lista de los exclusivos bulevares y plazas de los cinco continentes donde Botero ha expuesto sus monumentales bronces. Florencia, Nueva York, París, Tokio, São Paulo, Jerusalén… La triunfal gira de los gigantes de Botero es sin duda el plato fuerte de su currículo; por eso mismo no debió servirse tan pronto, con esa prisa de periódico, donde hay que decirlo todo en el primer párrafo.
Páginas después, el maestro sube en el ranking, ya no es el quinto en la bolsa sino “uno de los mayores talentos de la historia del continente” (pág. 24).
En la página 216 Juan Carlos se deja de vainas; mete la cabeza por la ventana de un taller de copias de esculturas famosas y ve “un Moisés mirando de cerca y con severidad una obra de Botero, de Bernini, o de Henry Moore”. Ya no es la bolsa ni el continente ni la historia: ¡es el Olimpo mismo!
Después nos cuenta que el maestro trabaja todos los días y a toda hora, si descontamos los momentos en que está preparando exposiciones o haciendo check in, y que trabaja siempre de pie, como un chico regañado.
La página 18 explica que Botero no pinta gordos, “una reducción tan simplista como decir que El Greco pintaba flacos”. No señor, él pinta figuras “abundantes y voluminosas”.
El libro insiste en el desprecio de Fernando Botero por el arte conceptual: el video, la instalación, el performance y el happening. “El final del siglo XX fue el más pobre y estúpido, desde el punto de vista de la creación artística, que he visto jamás” (pág. 221). Olvidó el pintor una regla elemental de la crítica: no se puede descartar de un brochazo un género, ni siquiera una corriente, ni mucho menos un período. Shibboleth, la grieta de Doris Salcedo en la Tate Gallery, para no ir muy lejos, es mucho más eficaz y dramática que los obvios panfletos de Botero sobre Abu Ghraib. El conceptualismo es la mayor revolución de la historia del arte. La pintura rompió el marco, la escultura saltó del pedestal, el drama descubrió el performance, se hizo más rica y difusa la línea entre el arte y la cotidianidad, entre el museo y la calle. Las callejeras exposiciones de Botero son, ay, una puesta en escena típicamente conceptual.
Hay mucha basura en el conceptualismo, es verdad, pero lo mismo puede decirse de todas las corrientes plásticas. Las protestas de Botero recuerdan las de los dibujantes contra los impresionistas, que mandaron al carajo la línea, y el escándalo de los figurativos contra los abstractos, que desintegraron sin piedad la sacrosanta forma.
El último capítulo, Botero en Pietrasanta, es el más fresco. Está rociado con vinos, tomate, albahaca, queso y cordero. Pero tiene el mismo problema del resto del libro: versa demasiado sobre papá. Véase por ejemplo esta edificante postal de un almuerzo de verano en la campiña italiana: “La conversación siempre es animada, y por lo general sirve de pretexto para que sus familiares conozcan las sólidas opiniones del artista”.
Luego de oír recitar a Julio Flórez un poema dedicado a su madre, cuenta la leyenda, le preguntaron a Vargas Vila su opinión sobre el poeta. “Muy buen hijo”, respondió. Lo mismo podemos decir de Juan Carlos ahora: como crítico y biógrafo, muy buen hijo.