Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
LA FRICCIÓN ENTRE EL HOMBRE Y Dios es un duelo de egos y se reduce a la cuestión de quién hizo a quién. Dios asegura impávido que Él se hizo a sí mismo, que brotó un día por un acto de voluntad que provocó una fluctuación de la nada en el vacío, y luego creó el bosón de Higgs, las aguas, las piedras, las estrellas, los pájaros, las flores y el hombre, y que Él no puede equivocarse aunque quisiera porque es omnisapiente.
El hombre asegura que una criatura tan fantástica como Dios sólo puede ser fruto de su portentosa imaginación, la prueba estriba en que todas las divinidades son antropomorfas, y que él sí no puede equivocarse puesto que es el animal más inteligente del universo.
Pues bien, créanlo o no, el problema acaba de ser zanjado de manera contundente en el último número de la revista de la Universidad de Antioquia. Allí, en la página 6, en el artículo “La pregunta sobre Dios”, Eduardo Escobar aborda el enigma desde todos los ángulos posibles y llega a conclusiones sabias o divertidas o profundas o blasfemas o (“para decir de una vez palabras fatales”) francamente divinas.
Como buen paisa, Eduardo es aristotélico y se la juega de dos cabezas: “Dios bien podría existir. O bien podría faltar en la Creación en absoluto, perfectamente —aquí el adverbio importa”.
(Esta frase vale por 40 sumas teológicas. Shakespeare debe estar revolcándose de la envidia).
No contento con resolver el más arisco arcano de la metafísica en dos líneas, la emprende de inmediato contra el Diablo: “El personaje es demasiado previsible, con algo de payaso malo, una constante triste en la historia de nuestras rutinas. Dios es más complejo”, dice Eduardo y es cierto. En sus 666 siglos de existencia, el Maligno ha sido incapaz de sorprendernos con un gesto magnánimo, mientras que Dios, al fin y al cabo omnipotente, ha hecho gala de su bien nutrido repertorio de infamias: el diluvio, la destrucción de Sodoma, la muerte de todos los primogénitos de los egipcios, la terrible prueba de Abraham…
Pero no se engañe, amigo lector, no crea que Eduardo va a resbalarse en el charco de babas de los ateos, esos espíritus simples que buscan la reducción al absurdo de la existencia divina con el entusiasmo de un detective miope y creen encontrarla en las ausencias de Dios: en las injusticias sociales y en las catástrofes de la naturaleza. Alto, profético, misterioso, Eduardo pone las cosas en su lugar. “No es lo mismo ausencia que indiferencia. La ausencia es una forma de la permanencia de Dios”. Y desliza una palabra oscura y suficiente, acidia.
Luego, seguro creyendo que dos oscuridades equivalen a una afirmación, añade: “Si Dios existe, peor para él”. Los caminos de Eduardo son asaz inescrutables.
Más adelante le saca punta al lápiz y afina su dictamen sobre el Diablo: “La afirmación de la existencia de Dios, o su negación, empresa que ha ocupado a los sabios desde Lucrecio hasta el último ateo asalariado que a esta hora revuelve argumentos en una academia, son la misma arrogancia humana, la fe desmedida en nuestra capacidad para entender las cosas visibles e invisibles. Incluido el ambiguo Dios de la fantasía teológica. Y el Diablo, su bufón”.
Yo creía haber leído todo sobre el tema, bibliotecas de libros de arena, versículos trazados sobre el agua, blasfemias de fuego, himnos de viento, pero nunca había puesto mis ojos sobre nada que fuera al tiempo herético y piadoso, soberbio y humilde, cómico y severo. Cuando cerré la revista de la Universidad de Antioquia, fue la luz: Dios es uno de los nombres de Eduardo Escobar.