Dos debates, cero hits

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Al debate de Teleantioquia, Petro fue el único que llegó de corbata (roja y gruesa como un edredón). Vargas y Duque llegaron con saco negro y camisa sin corbata. Fajardo, con suéter azul. De la Calle no llegó. Duque lució sus canas exprés, manejó bien las cámaras y recitó demasiado bien sus libretos. A pesar de que es autor de un libro sobre economía naranja, no dijo una sola palabra sobre las industrias culturales (¿quién se lo escribiría?).

El tiempo verbal de Duque fue el futuro agudo: haré, desarrollaré, exigiré. Fajardo, Petro y Vargas se dieron el lujo de hablar en pasado. Levanté decenas de miles de casas, abrí miles de kilómetros de carreteras, dijo Vargas, y nos recordó que no hay una sola denuncia por el manejo de esas billonadas, lo cual es cierto y nos lleva a lo que los historiadores llamarán un día la “paradoja Vargas”: el propietario de Cambio Radical, el partido más cuestionado, al que hasta Vargas se avergüenza de pertenecer, ha ejecutado con eficacia y transparencia los recursos del Estado.

Petro insistió en sus maravillosos modelos de energías alternativas, proyectos que desarrollará seguramente con el abominable capital extranjero, y prometió reemplazar con paneles solares los techos de cartón de los tugurios de las laderas de Medellín (una visión espejeante que nos aguó los ojos a todos). Se le abona la imaginación, que proponga la construcción de cuatro grandes troncales férreas, en abierto desafío a las mafias tractomuleras, y el coraje para proponer la eliminación de ese costoso e inútil intermediario, las EPS.

El formato fue tieso y moderó el muy tieso Rodrigo Pardo, lo que produjo un debate soso. Y tieso.

Ganadores: Vargas y Petro.

El jueves todos llegaron a Telecaribe muy sport, en camisas de manga larga, con las faldas por dentro, excepto Petro, que lució una guayabera larguísima que le daba aires de monaguillo. La camisa de Fajardo era azul clara y la de Vargas azul oscuro. Las demás eran blancas. A excepción del atlético Fajardo, todos tenían sobrepeso, especialmente Vargas, que se vio abotagado. Un extraño bulto en su entrepierna concentró el interés del auditorio.

Cuando recibió el cuarto abucheo de los estudiantes de Uninorte (la generación que cree representar), Duque se puso nostálgico y denunció el robo del plebiscito de octubre de 2016, prometió que no hará trizas los acuerdos, sino que restructurará las trizas que este gobierno deja, insistió en que la paz no le gusta así (ni asá), recordó que es uno de los mejores senadores del país y cerró con una afirmación original: no va a permitir que los crímenes de lesa humanidad sean premiados con altas dignidades, si los guerrilleros no pasan antes por los tribunales de la JEP. De la Calle le recordó que los tribunales debían estar funcionado desde febrero del año pasado, pero se retrasaron porque el Centro Democrático cogió la maña de no votar en los debates (triquiñuela que les puede costar la investidura al Patrón y a uno de los mejores senadores de Colombia). Le fue mal al hombre, pero, hay que reconocerlo, se defendió con patas y manos, y salió vivo, de milagro, de la implacable encerrona que le montaron sus colegas.

Petro volvió a amenazar con que hará todo lo que no hizo en Bogotá, pero hizo gala de una gran sensibilidad social y salió ovacionado. Aunque recibió rechiflas, Vargas se movió a sus anchas por el escenario, exhibió su panza 4G y modales de gamín ilustrado, pero demostró que conoce bien la Costa Caribe y los tejemanes del Estado y del poder.

Resultados. Candidato revelación, Duque. Fajardo, propuestas gaseosas y gestualidad estítica. De la Calle, muy por debajo de la potencia que exhibió en La Habana. Ganadores, Petro y Vargas.

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