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Educación sí, pero ¿cuál?

Julio César Londoño
12 de septiembre de 2014 – 07:52 p. m.

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Los últimos resultados de las pruebas Pisa alborotaron el cotarro.

Hubo vestiduras rasgadas, lluvia de teorías y feria de acusaciones. Se dijo que los profesores son más tapados que culo de muñeco, que están mal pagados, que la profesión no es apreciada socialmente, que miren a Finlandia, que los muchachos ya no estudian, etc.

No creo. “Los muchachos”, así, en manada, nunca se han distinguido por su devoción al estudio. Y la calidad de los profesores sigue fatalmente la distribución normal de la campana de Gauss: un porcentaje pequeño con serias limitaciones intelectuales, otro porcentaje pequeño de profesores muy bien informados y con un gran talento pedagógico, y la gran mayoría en una zona media, en torno a 3,8, digamos. Es una ley natural. No necesitamos encuestas para confirmarlo.

La posición del país en la cola de los sesenta y pico de países que se dejan medir en las pruebas puede leerse de dos maneras: a) somos lo peor; b) vamos en el lote de punta, mijo. Yo creo que estamos en nuestras platas. Sumando y restando nuestros índices de desarrollo humano, Colombia es eso: el país sesenta y pico del mundo.

Lo cierto es que el “cisma Pisa” funcionó. El Gobierno aumentó el presupuesto de la educación, rumban las tabletas, las discusiones y los congresos y empiezan a ser una realidad las jornadas complementarias en los colegios públicos. Parece que al fin la educación va a estar en el centro del ágora.

Todo el mundo coincide: necesitamos más educación. Pero muy pocos pensadores se están formulando la pregunta clave: los contenidos. Qué les vamos a enseñar a nuestros jóvenes. Porque es obvio que los contenidos actuales son inadecuados o ineficientes en lo académico, si nos atenemos a los resultados de los pruebas, y en lo moral, como podemos confirmar en la calle, en los diarios, en el Congreso o en las altas cortes.

No basta con repetir, como un loro ilustrado, “¡más educación!”. Es imperativo pensar en qué tipo de educación debemos impartir construir colectivamente. Alemania era la nación más educada de Europa en 1940… y produjo el genocidio más horrendo de la historia. Colombia, la sesenta y pico del mundo y con siete millones de “camisas negras” andando por ahí… ¡no quiero ni pensarlo!

Más tabletas, sí, está bien, pero ¿qué ponemos dentro: autores clásicos, contemporáneos o marginales, como los raperos? En biología, ¿nos decidimos por la evolución o les inoculamos a los niños el creacionismo? ¿Bendecimos el uso de las células madre o las maldecimos y les echamos cal encima? En orientación sexual, ¿les enseñamos a asumir sus inclinaciones naturales y el respeto a la diversidad, o los empujamos al matoneo y al suicidio? (“el suicidio es un homicidio limpio”, parecen pensar algunos profesores).

En economía, ¿insistimos en el credo único de la economía de mercado o los instamos a buscar caminos alternativos? En religión, ¿decretamos la existencia de un dios único o admitimos la posibilidad de la existencia de otros dioses y otras cosmologías e incluso el derecho, íntimo y personal, a negarlos todos?

La solución no es tan difícil como parece. Estas y otras cuestiones de la esfera privada deben resolverse ahí, en lo más íntimo de nuestro corazón, no en los estrados judiciales.

Para otros aspectos, donde sea indispensable establecer normas y políticas públicas, basta con atenerse a dos principios universales y una pregunta sencilla. Los principios son: respetar los derechos de las minorías (las mayorías se defienden solas) y prestar oídos sordos a los moralistas y a los belicistas.

La pregunta es: ¿hacemos leyes donde quepamos todos, o les imponemos a todos las leyes que se deriven de las creencias de un grupo de la población?

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