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“Encuentros por el agua”, una separata de diciembre 9 de El Espectador que recoge opiniones de expertos sobre el manejo del agua en Colombia, trae un conjunto de cifras vergonzoso. Aunque nuestros recursos hídricos superan seis veces el promedio mundial, somos uno de los siete países del mundo más vulnerables a los efectos adversos del cambio climático. 318 municipios (el 35%) de 24 departamentos están en riesgo de sufrir desabastecimiento en temporadas secas.
“El 25 % de la población urbana y la mitad de la rural no tiene ninguna garantía de que el agua del grifo sea apta para el consumo”, dice el editorial. En suma, el 31,5 % de los colombianos, casi uno de cada tres, puede estar consumiendo agua impotable.
Pese a las cuentas alegres de Trump, Bolsonaro, Le Pen y otros saurios, la situación es dramática. El IPCC confirmó en octubre un signo grave: la temperatura del planeta se ha incrementado en 1 ºC con respecto a la era preindustrial. Medio grado más, y el medio ambiente sufrirá daños que tendrán costos económicos y sociales incalculables. A estas cifras, que eran conocidas, el IPCC (Panel Intergubernamental de Cambio Climático, la máxima autoridad científica en la materia) agregó una nueva: a la tasa actual de crecimiento de las emisiones de CO2, ¡el plazo para reversar el calentamiento global pasó de 30 años a diez!
El ministro de Ambiente dio un parte de tranquilidad: de los 318 municipios que están en riesgo de desabastecimiento, 271 están en proceso de reordenación de sus cuencas, piedra angular de las “fábricas de agua”, del suministro y de la prevención de desastres invernales. Olvidó decir que los acueductos de muchos de estos municipios están en veremos por obra y desgracia de los “bonos Carrasquilla”.
La separata tiene tres cifras absurdas: “El sector agrícola colombiano consume de manera muy poco eficiente el 66 % del agua concesionada” (podría funcionar con la tercera parte). El 55 % del agua de los acueductos se va por los agujeros negros de las conexiones fraudulentas. La tercera cifra es el precio ridículo que pagan los operadores de los acueductos: el de Bogotá, por ejemplo, “solo paga al Estado el 0,056 % de la facturación total que cobra a los usuarios”.
Los recursos para proteger el agua son insuficientes y están desgreñados. El grueso de estos dineros lo manejan las CAR, corporaciones que se politizaron durante la administración Gaviria, cuando empezaron a operar “a la loca”.
Es tal la falta de planeación sobre el tema, que “ni siquiera existe un registro consolidado del total del dinero que se recauda para la protección del agua”.
Algunos creen que el agua se formó aquí por compactación de la nube gaseosa que originó el planeta. Otros dicen que fue importada desde el principio, cuando la trajeron los cometas que bautizaron la Tierra con sus colas lacias y heladas.
El agua tiene propiedades providenciales: es un disolvente universal, la sustancia perfecta para la preparación de alimentos, mezclas, soluciones y medicamentos. Por su alto calor específico, es un magnífico regulador de la temperatura: conserva el calor en las regiones frías y lo disipa en las muy cálidas. Cuando la fotosíntesis rompe la molécula de agua, libera el oxígeno, el mundo respira y brotan las orquídeas, el colibrí, el tigre y Carolina Ramírez.
Hay un precepto sufí que nos advierte: “Cuídala, fue tu primer juguete y será tu último alimento”.
Salvo un milagro, los terrícolas no escucharemos a los sufíes ni al IPCC. Tal vez las cucarachas escriban un día la historia de la desaparición de unas criaturas geniales y ambiciosas que fueron ingratas con su cuna, el agua, y murieron de sed en medio de ríos de oro.