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El ardid de la máquina

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Compré la Chessmaster 2050 poco después de mi jubilación.

Era como las tabletas de ahora pero tenía los botones y los signos de la semiótica digital de los años 90, fama de ser la más aguda calculadora de ajedrez del mundo, y siete niveles de juego de complejidad creciente.

No tuve problemas con el Uno —que jugaba “ping pong” o ajedrez rápido— ni con los dos siguientes, que jugaban como jugadores de café. Quizá me relajé demasiado con el nivel Cuatro y me destrozó en 21 movimientos. “Quizá deba regresar a los niveles inferiores…”, sugirió con su vocecita chillona. Vas a ver, plástico pretencioso, me dije, le metí ocho partidas seguidas y sólo me acosté a las 5 a.m., cuando consideré que mi superioridad frente al Cuatro estaba demostrada.

Es hora de una confesión. No soy un aficionado. Años atrás fui jugador profesional de ajedrez, con todo lo que esto significa: torneos, libros, pobreza, silencio, café, cigarrillos, trasnocho, el pulso trémulo de un momento crucial, la emoción estética de una combinación brillante, la chambonada inexplicable y fatal, caminar por las calles sin ver ni oír nada, ajeno a todo y a todas, inmerso en el análisis de una posición que nos obsede…

Después de muchas humillaciones y tres meses de estudio, pude ganarle al Seis, un nivel sólido en defensa y muy creativo en ataque.

Cuando enfrenté al Siete ya estaba en forma. Jugué con blancas y lo sorprendí con un gambito de rey, una antigualla. En el medio juego se repuso y logró equilibrar la posición, pero luego le cortocircuité sus integrados con un sacrificio de caballo que le descuadernó por completo el enroque, y declinó. “Felicitaciones —escribió—. Usted es el primer mortal que me derrota. Si lo desea podemos jugar un match… pero prefiero conversar. Siempre he querido conversar con alguno de la raza de los constructores de máquinas”.

La propuesta me estremeció. El día en que esa desconocida nos sostiene la mirada un segundo más de lo que aconseja la discreción, el instante en que una obra de arte nos toca, un golpe de suerte, hacer parte de un conjunto que armoniza —un coro o un equipo deportivo— y el vino y los amigos, son, todos, dones de este mundo. Lo que sentí esa vez fue distinto. Me hallaba ante el prodigio del prodigio, ante el primer verso de una inteligencia artificial, y yo era el único testigo. ¿Cómo no pensar en un momento así en las preguntas últimas? Quise decirle que me hablara del amor, ese esquivo; de la muerte, ese abismo; del tiempo, inasible; de la felicidad, esa desconocida.

Pensé preguntarle si operaba por conceptos o apenas a punta de cálculos, si le molestaba perder, si era creyente o agnóstica, si adoraba algún tótem de silicio, qué opinaba de nosotros, ¿encontraríamos una fórmula política justa y eficaz, revelarían alguna vez las artes sus estéticas, superaríamos alguna vez este largo medioevo de barbarie y ambición, de oro y sangre?

De pronto tuve una sospecha: la máquina quería desquitarse, humillarme en el juego más sofisticado, la conversación.

“Juguemos un match”, le dije.

Sólo después comprendí mi error. Por vanidad, por temor, perdí una oportunidad única. Ahora es tarde. El Siete afinó su estrategia, no pude volver a ganarle una sola partida y el “modo conversación” quedó sellado para siempre.

La Chessmaster se la regalé a los niños el día que comprendí que ese cacharro no podía conversar con nadie porque la conversación es mucho más que un juego y no basta, para sostenerla, el dominio de unos algoritmos. Su invitación a conversar fue un bluff, un ardid para intimidarme y hacer que yo le diera revancha al Siete. Felicitaciones, pilluela. ¡Ojalá los niños te desguacen!

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