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Hay palabras que tienen un color, un carácter, y pueden configurar por sí solas un tinte ideológico, una atmósfera geográfica o un ambiente gremial. Cuando un líder político menciona palabras como imperialismo u oligarquías, inmediatamente lo ubicamos en la margen izquierda del espectro. Si habla del paternalismo o de la histeria ecológica, ya sabemos que está en la otra margen. Los escritores aman estos clichés porque les permiten construir atmósferas con pocas palabras, pero también saben que los lugares comunes son trampas que deben evitar. Un buen escritor no llena de «hijos míos» los parlamentos del cura ni de camellos un cuento oriental, ni de gonorreas las peleas de los gamines colombianos ni de lunfardo los diálogos de los malevos.
En la Baja Edad Media, los clérigos usaban dos palabras para nombrar el apetito sexual. En los debates teológicos decían concupiscencia, un término aséptico. En los sermones usaban una palabra pecaminosa y transparente: lujuria.
(El «furor uterino» de Gabo es una metáfora francesa del siglo XVIII).
Para referirse a las prostitutas, los romanos tenían cuatro vocablos principales: el elegante era meretriz, los vulgares eran puta y ramera, y el cifrado era loba, que en latín es lupus, de donde se deriva nuestro lupanar.
El color de las palabras está ligado al concepto de pertinencia. En la mesa no usamos palabras fuertes, mientras que en la cama solo un aberrado sexual dirá escroto, glúteos o glándulas mamarias (Vargas Llosa es un señor pertinente en asuntos de alcoba).
El cuento de un alquimista no contendrá jamás palabras como tubo de ensayo, Erlenmeyer ni pipeta, y dirá azogue, no mercurio, y argéntum, no plata. Ejemplo: El azogue de los alquimistas de Ámsterdam venía de las costas romanas del Mar Adriático, el lapislázuli de Afganistán y el argéntum de las minas de los Pirineos. El oropel utilizado por los timadores que estafaron al buenazo de Spinoza se conseguía en las buenas latonerías de la ciudad.
Es oportuno recordar que entre los siglos XVI y XVII los oficios antiguos parieron las ciencias modernas. De los crisoles de los alquimistas salió un oro inesperado: la química. Cuando no calculaba horóscopos para el rey de Alemania, el astrólogo Johannes Kepler hacía observaciones astronómicas rigurosas. De la geomancia, la adivinación del futuro por medio de los colores de un puñado de tierra, nació la mineralogía. El auge de la cábala y del hermetismo inspiró la investigación matemática. Los espejos y los imanes de los nigromantes pasaron a los laboratorios de los físicos.
En últimas, el «color» de las palabras es un asunto de oído, como bien lo adivinó el joven Óscar Wilde en una clase del Magdalen College cuando un estudiante preguntó si Homero era ciego de nacimiento. El profesor sonrió: «Homero es un mito. Nunca sabremos si de verdad fue ciego o si vivía a lo diagonal del grabador de anillos o si era cierto que su padre cosía las velas de las cóncavas naves… Lo que sí podemos conjeturar es que no era ciego de nacimiento porque un poema tan rico en imágenes como La Ilíada tiene que ser obra de un poeta que alguna vez vio los reflejos del sol en los bronces de los escudos, un mar cuyas aguas tenían el color del vino y una muchacha que tenía ojos de novilla».
Entonces el joven Wilde dijo: «Yo creo que los griegos les enseñaron a sus generaciones que Homero fue ciego para que nunca olvidaran que la poesía es música, no luz».
Nota. Las biografías de Homero y los estudios homéricos constituyen por sí solos una asignatura tan numerosa como la suma de todos los tratados sobre botánica o música, pero el mejor retrato de Homero, el más íntimo y clarividente, lo trazó un suramericano, tiene solo tres páginas y se titula El hacedor.