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Si el señor K pierde un vuelo y el avión se cae, todos decimos: “Se salvó. Si lo toma, estaría muerto”.
Pensamos así porque creemos en el destino. Todo está escrito. El futuro es tan inmodificable como el pasado. Es una concepción de la historia más vieja que los griegos, que adoraban la esfera y la fatalidad, como cualquier poeta.
Hoy llamamos determinismo al fatalismo. Hay un pasado (1) que determina un futuro. Uno. Punto. Funciona bien en literatura, en las reuniones sociales y hasta en la filosofía (“los que no conocen la historia están condenados a repetirla”), pero no funciona en los estrados judiciales. Ni los homicidas ni las líneas aéreas pueden alegar: “Soy inocente. Estaba escrito”.
Por fortuna, hoy pensamos que la historia se construye día a día y que somos responsables de nuestros errores y acreedores de nuestros méritos.
Si el futuro no está definido, entonces hay muchas posibilidades. Consideraré tres: a) el señor K toma el vuelo y se mata. b) Lo toma, pero sobrevive de milagro al siniestro. c) Lo toma y el avión llega felizmente a su destino, justamente por un acto trivial de K. Imaginemos el guión de este posible futuro. Muchos accidentes aéreos ocurren por culpa de un piloto que se equivoca por cansancio, o porque está muy alterado. O muy tranquilo; tanto, que no reporta a la torre de control que tiene poco combustible.
Y aquí es donde entra a jugar K. Dos veces le ha pedido a una azafata, trozuda ella, que le consiga una pastilla para la jaqueca. A la tercera vez le dice: “Gorda, ¿qué pasó con la puta pastilla que le pedí?”. La azafata se pone pálida de la ira, pero traga grueso, respira hondo y se aleja. Cuando está buscando la bendita pastilla, escucha por el interno la voz del capitán. “Flaquita linda, deme un café, por favor”. Los colores vuelven a su rostro. “Ya te lo llevo, Roberto”. Es una frase simple, sencilla, pero llena de música celeste la cabina de mando y la cabeza del capitán. Por primera vez, Maritza lo ha llamado por su nombre. ¡Y lo tuteó! La vida cobra sentido de pronto. La noche es tibia y las luces de Medellín le hacen guiños de complicidad. En cuanto aterrice, la invitará a cenar. Tiene combustible para sobrevolar la ciudad diez minutos más. Una eternidad, piensa Roberto, se arrellana en su silla, sonríe y cierra los ojos.
También flaquean los materiales, claro. Fallas mecánicas, las llaman. Un avión se puede caer porque algo estalla o chisporrotea o se quiebra. Por un sincronismo fatal, demos por caso, se rompieron al tiempo los dos “tendones” (en los aviones todas las piezas cruciales están duplicadas) que unían el ala derecha al fuselaje. “Estaba escrito −—dirá un griego–. Esos tendones tenían una vida media predeterminada. La fatiga del material es inexorable, como el destino”.
Tiene razón, la “fatiga” es griega, determinista, pero la “vida media” es un promedio, no una cifra precisa. Nadie puede predecir con exactitud cuándo se romperá un tendón. Sabemos que aguanta más de 1.000 horas de vuelo y menos de 1.200, y fuerzas hasta de 720 ± 36 newtons. Es decir, trabajamos con rangos, no con cifras exactas. Es por esto que nadie, ni el mismísimo Vulcano, le puede advertir al señor K: “No se suba, los tendones van a sacar la mano en este vuelo”.
A pesar de mi escepticismo, y de mi fe en que los dioses no existan, tengo crisis de fatalidad. Lo reconozco. Tengo fisuras y sufro fatigas. Sin embargo, quiero pensar que soy responsable de mis actos, que no hay nada escrito, o que hay espacio al menos para una anotación al margen, y que nadie, por fortuna, puede predecir la figura que trazarán esta noche los pasos de cierto escorpión en las selvas de Borneo.