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El hacedor de máquinas

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EL HOMBRE ES UN HACEDOR DE MÁquinas, dijo un antropólogo y acertó. Si hay algo que nos define es nuestra afición a diseñar ingenios que nos multipliquen la fuerza, la velocidad, la memoria o la agudeza de nuestras percepciones, y nos ahorren tiempo para acumularlo en grandes cantidades y luego dilapidarlo mascando chicle, viendo televisión o leyendo periódicos.

El primer inventor que registra la historia es Caín, quien descubrió con un solo golpe de vista que las quijadas de burro eran perfectas para matar santurrones. Así nació la primera máquina de guerra. Las de ahora son mucho más sofisticadas, claro. Las bombas neutrónicas, por ejemplo, matan gente sin dañar los costosos puentes, edificios y refinerías, y las bombas étnicas son dispositivos genéticos que atacan a un sector exclusivo de la población: sólo negros, digamos, o mujeres, o viejos.

Poco después del quijotazo alguien, seguramente un sumerio atento, descubrió la mamá de las máquinas, la rueda, la más hermosa, simple y decisiva invención humana. Casi todos los ingenios mecánicos posteriores son hijos de la rueda. Variaciones suyas. Por ejemplo, los almuecines mecánicos de los musulmanes, unos pequeños carruseles con invocaciones a Alá grabadas en tiritas colgantes de papel. El creyente le da cuerda, el carrusel gira y las tiritas se agitan, es decir, rezan con aplicación mientras el creyente peca y empata. O la camándula cristiana, una máquina de rezar formada por esferitas piadosas anudadas en círculo. O las bolas chinas, una camándula pagana y abierta que venden en los sex shops.

 Wilhelm Reich inventó en 1941 la caja orgónica, una especie de cámara hiperbárica capaz de almacenar la energía libidinosa de individuos sanos e irradiarla sobre señoras displicentes y señores enteleridos. Por desgracia la caja orgónica desapareció cuando una turba de mormones enardecidos incendió la casa de Reich en Nueva York, y el ingenio se perdió para siempre. (Gay Talese, La mujer de tu prójimo, capítulo 12).

Un poco antes (1936), Alan Turing había ideado “la máquina universal de Turing”. En realidad no era una máquina sino una tira de papel dividida en casillas, en cada una de las cuales había un símbolo, un cero, un uno o cualquier otra cosa (en realidad la tira no tiene que existir, basta la idea de la tira) y un escáner que recorría la cinta cuadro a cuadro, y podía adelantar o retroceder y leer los símbolos, o borrarlos. Con esto, aseguran los entendidos, tenemos el principio básico de todos los computadores, el Algoritmo de los algo-ritmos, el arquetipo de toda esa tecnología digital que no cesa de asombrarnos.

 Hay incluso una máquina para detectar huellas de máquinas. Procesos industriales. Pasos inteligentes. La diseñó el biólogo Jaques Monod (El azar y la necesidad) por encargo de la Nasa. Es un robot capaz de distinguir los objetos naturales de los artificiales, o manufacturados, una diferencia clave porque el hallazgo de objetos artificiales en otro planeta es un indicio de la existencia allí de vida inteligente. El robot de Monod decide la artificialidad de los objetos con base en su regularidad. Los objetos naturales son irregulares. Su simetría es apenas aproximada. Nunca son totalmente regulares. Las dos mitades de un mismo rostro, demos por caso, son diferentes.

 Otra variable que considera el robot es el número de ejemplares encontrados: si el objeto es único, lo clasifica como natural. Si encuentra dos o más ejemplares idénticos, entonces deduce que se trata de un objeto artificial porque, se sabe, la naturaleza no se repite jamás.

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Ya está en librerías la segunda edición de mi novela Proyecto piel. A los lectores que agotaron la primera, gracias de corazón. A los que defraudé, mis más ruborizadas excusas.

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