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Por curiosidad, pulsión de asombro o alguna otra maldición, el hombre se echó sobre sus hombros la insensata obligación de descifrar el universo.
Ni más ni menos. Como el objeto es demasiado prolijo, lo hemos parcelado minuciosamente, operación inseparable del acto de clasificar. Por esto, los manuales de las ciencias y los libros sagrados empiezan todos con una clasificación.
Uno de los ejemplos más antiguos lo encontramos en el Génesis. Allí el Espíritu explica con didáctica paciencia el orden cósmico y divide las cosas en grupos, es decir, clasifica. Dios hace la luz para separar el día de la noche, el firmamento para separar las “aguas de arriba” de las “aguas de abajo”, las aguas de abajo para sustentar los reptiles, y “lo seco” para sustentar las plantas y los animales de tierra, que se dividen en animales silvestres y animales domésticos (con sabia discreción, las Escrituras callan cómo se infiltraron en la obra divina las moscas, los zancudos, los virus y otros engendros satánicos).
Pero nada supera la división griega del mundo en cuatro elementos: tierra, agua, aire, fuego. Los geólogos dicen que los tres primeros no son elementales, y el físico rezonga que el cuarto no es una sustancia sino un fenómeno, pero los que no somos físicos ni geólogos sentimos que es imposible trazar un cuadro del mundo más sencillo y poético (algunos ven aquí los cuatro estados de la materia: tierra/sólido, agua/líquido, aire/gas, fuego/plasma).
La clasificación de los instrumentos musicales estuvo a punto de ser tan bella como la griega. Pudo ser así: vientos, maderas, cuerdas, metales. Pero la realidad nunca es tan juiciosa. Siempre hay intersecciones en los conjuntos a clasificar. O elementos que disuenan (v. gr. “percusión”, que no encaja en la serie maderas, cuerdas, metales… bueno, los “vientos” tampoco encajan, no aluden al material del instrumento, pero la palabra es preciosa). Por eso todas las clasificaciones son apenas un work in progress, comodidades académicas, humildes aproximaciones a la verdad.
La antiquísima división de la naturaleza en tres reinos puede parecernos obvia hoy. En realidad se necesitó una gran capacidad de abstracción para saltar sobre diferencias de bulto y encontrar semejanzas sustanciales en las innumerables cosas del mundo y concluir que todo era mineral o vegetal o animal. ¿Cómo hicieron los naturalistas de la Antigüedad para emparentar al guijarro con el diamante, al mosquito con la jirafa, a la rosa con la ceiba?
Las precisiones de la biología moderna son abstrusas y ladinas. Tratan de convencernos de que la bacteria no es un animal, que los corales no son minerales, que el hongo no es una planta, que las esponjas no son protistas sino animales y que las algas verdeazuladas no son plantas sino protistas. ¡Joder!).
La tabla periódica de los químicos es una clasificación y, a la vez, una enciclopedia perfecta del universo. Allí están todas las sustancias básicas del mundo, más unos elementos efímeros que sólo existen en los laboratorios (como en el capitolio, los “gases nobles” están en la columna de la derecha).
Después de errar por varios decenios en un laberinto de centenares de partículas y de teorías descaradamente metafísicas, los físicos están llegando a un modelo de elegante simplicidad: el universo está hecho de fermiones y bosones, eso es todo. Los fermiones son las “partículas” últimas de la materia y los bosones son los vehículos de las cuatro fuerzas que aglutinan estas partículas y mantienen a los planetas en sus órbitas elípticas y lacias las colas de los cometas en sus largos viajes helados.