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El oro y la tiza

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¿ES BAJO EL SALARIO DEL PROFESOR colombiano? Depende.

Comparado con el promedio suramericano, US$ 421 mensuales, es muy bueno: US$ 648. Comparado con los estíticos salarios del país, es apenas aceptable. Si consideramos su responsabilidad y la carga laboral, es muy poco.El profesor del sector oficial goza de prebendas casi tan buenas como las de las FF. AA.. Tiene vacaciones largas y remuneradas, su incremento salarial triplica el miserable aumento del salario mínimo y puede llegar a recibir hasta tres pensiones. En las instituciones privadas, en cambio, los sueldos son mucho más bajos, el profesor trabaja a destajo, firma contratos por cuatro meses y no recibe remuneración en los periodos de vacaciones. En cuanto a salarios y prestaciones, todas las instituciones privadas son de garaje. ¿Es menospreciado el profesor? Sí. Él en particular y la educación en general son menospreciados por todos los estamentos, aunque todos, por supuesto, coinciden en que la educación es “importantísima”. Pero la verdad es que fue una política de Estado, sistemática y sostenida, la que se tiró los excelentes colegios públicos que tuvimos hasta hace 30 años; la misma que viene socavando la calidad de la universidad pública en los últimos 15 años. La responsabilidad de este desastre la tiene una larga racha de gobiernos que decidieron delegarle la tarea al sector privado (con suculentas prebendas fiscales, claro) y desentenderse del deber constitucional de educar a la población. En suma, lo que tenemos en Colombia es una irreversible y paulatina privatización de la  educación. También desprecian este sensible renglón los padres de familia y los estudiantes, más preocupados por el “cupo” y los diplomas que por la calidad de la instrucción. Tenemos en la agenda nombres de médicos, plomeros, contadores y mecánicos de confianza, no de profesores. ¿Para qué? Pero lo más alarmante es el desprecio de los mismos educadores. Las estrategias pedagógicas trazadas por el Ministerio en los últimos años, para pasar de la evaluación de la memorización de los contenidos a los “logros” y luego a las “competencias”, han caído en el vacío por la negligencia de los profesores, por su inercia al cambio, por su infinita desidia. El pliego de los profesores en el reciente paro, lleno de justos reclamos sobre reivindicaciones laborales, no incluyó, “ni por educación”, un punto sobre la calidad de la enseñanza. Una prueba palpable de la indigencia del gremio son los comunicados, siempre de página entera, de Fecode: farragosos, extensos, camorreros, sin claridad, ni síntesis, ni diseño. Sin una gota de poesía. El Ministerio cree con fervor que la solución puede ser mágica: darles tabletas a los niños. Es un paso en la dirección correcta, sin duda, pero nadie habla de los criterios que debe manejar un niño para que pueda separar el oro de la escoria y encontrar la aguja en el pajar de la Web.  ¿Cómo va a competir la educación con “enfrentados” tan poderosos como el sexo, las drogas, el “entretenimiento”, la calle, la moda y la rumba? ¿Estas actividades son opuestas a la educación o son complementarias? ¿Hay estrategias de seducción pedagógica para competir con tan glamorosos enemigos? Dada la discreta formación intelectual de profesores y padres de familia, ¿podemos esperar que la astilla sea mucho mejor que el palo? ¿Tiene autoridad moral la sociedad colombiana para enseñarles “valores” a los jóvenes? ¿Vamos a educar para él éxito o para la solidaridad? ¿Habrá un justo medio entre estas dos pulsiones? Con tantas y tan complejas preguntas, uno no entiende por qué en el paro solo se habló de plata, como en cualquier pleito entre mercachifles.

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