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El papel higiénico de la prensa en la democracia

Julio César Londoño
12 de noviembre de 2010 – 09:57 p. m.

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LE FUE BIEN A JUAN MANUEL SANTOS en su intervención en la Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa en México.

Recordó la valiente posición de la prensa colombiana a finales de los 80, el momento más crítico de la guerra contra los carteles de la droga, y recibió un aplauso cerrado. Nadie recordó, por fortuna, que él fue un actor central del cierre de la revista Cambio, ese episodio infame que provocó el portazo con el que se despidió de El Tiempo Enrique Santos Calderón. De todas maneras, fue un aplauso merecido porque no iba dirigido al Presidente de Colombia, sino a la erguida actitud de la prensa colombiana.

Pero ahora, 24 años después del asesinato de don Guillermo Cano, la pregunta es: ¿Existe libertad de prensa en Colombia? La respuesta es paradójica: lo más “caliente”, la información política, judicial y de orden público, goza de amplias libertades. Lo “frío” en cambio, lo económico, está censurado. Demostrarlo es fácil. Aún hoy, los medios publican informes muy valientes sobre los carteles colombianos, los paramilitares, los parapolíticos, los falsos positivos, las Farc, la corrupción, etc. Y los medios informan sobre estas cosas en parte por mística, por su valor civil, por vocación periodística, pero también por negocio (lo que no es deshonra). Me explico. Los noticieros y los periódicos viven de la pauta, la pauta depende del rating, el rating depende de la credibilidad y esta credibilidad depende en buena medida de las denuncias que el noticiero tenga el valor de publicar. Cuando un medio hace denuncias, el negocio es redondo: aumentan su audiencia, su reputación y su pauta.

Con las noticias económicas es diferente, porque los grandes grupos económicos, que son por desgracia los dueños de los medios, vetan las noticias que pueden perjudicar sus negocios. Por eso es que no se publican informes sobre los abusos de las empresas de salud, telefonía celular, líneas aéreas, bancos, préstamos hipotecarios y otras lindezas. Todo esto es información reservada, como cualquier redactor sabe. En cambio, a los “cacaos” les importa un pepino dejar que rueden las cabezas de sus fichas en la administración pública (ministros, generales, presidentes), porque esa “sangre” aumenta el rating y porque el stock de “fusibles” es ilimitado. Reemplazar a un ministro es un juego de niños para los dueños del capital. Pero que la reputación de sus bancos quede en entredicho es algo que no están dispuestos a permitir, y mucho menos que “la cosa” se sepa a través de un medio controlado por ellos. ¡Faltaba más!

Esta es a grandes rasgos la situación de la prensa en las grandes ciudades. En las pequeñas la situación es más grave, porque el poder económico y el político están concentrados en un solo punto: el centro administrativo municipal. Casi el ciento por ciento de la pauta del pueblo está allí. Los periódicos no existen, tampoco hay canales de televisión y los periodistas de radio viven en las escalinatas del CAM a la espera del mendrugo que dejará caer el alcalde o el concejal. Añádase a esto el hecho de que tocar temas “calientes” en un pueblo, o incluso en ciudades intermedias como Armenia, Manizales o Neiva, implica riesgos mucho mayores que el asumido por el periodista de la gran ciudad.

Conclusión: en las grandes ciudades existe libertad de prensa para asuntos judiciales, políticos y de orden público, y censura total en información económica. En las ciudades pequeñas no hay prensa, mucho menos libertad, y esto explica en buena parte la pobrísima cultura política del colombiano medio y las pésimas decisiones que toma en las elecciones. Mientras no exista una prensa independiente y sólida, la democracia no pasará de ser una bonita palabra.

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