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El refundador de la refundación

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EXCELENTES LOS PRIMEROS NOMbres del gabinete de Santos, en especial el de María Ángela Holguín, una mujer de carácter, experta en geopolítica y con muy buenos contactos en la región, especialmente en Venezuela.

Su nombramiento hace parte del loable y urgente proyecto de Santos: volver a fundar el país que refundó Álvaro Uribe. Claro que esto suscita por lo menos dos preguntas: si Uribe es el mejor presidente de todos los tiempos, ¿por qué hay que cambiar tantas cosas ahora? ¿Son Santos y la U, protagonistas centrales de la debacle actual, los indicados para liderar la reconstrucción nacional? Contra toda evidencia, millones de colombianos esperan que sí. Al menos el nombramiento de Holguín hace pensar que Santos quiere poner orden en el cuerpo diplomático, terminar con esa feria del clientelismo, esa serie de errores y boconadas que tienen en el punto más bajo de la historia las relaciones internacionales de nuestro país.

Ha sido muy aplaudida su visita a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia y su promesa de buscar la armonía entre los poderes. La pregunta es: ¿era necesario decir, entre líneas, yo seré más elegante que el guache de mi patrón? ¿Era necesario marcar tan temprano el contraste entre sus modales de gentleman y los del cerrero caballista? ¿Pretende Santos precipitar la ruptura con Uribe que han pronosticado los analistas? ¿Para qué?

De todas formas, bienvenido este giro, chapeau, don Juan Manuel, ojalá mantenga esta elegancia cuando la Fiscalía capture después del 7 de agosto a otro alto funcionario del DAS o a un secretario de esta administración o cuando la Corte Suprema condene a Mario Uribe o a cualquiera de esos parlamentarios suyos que hoy están en la sombra.

Ojalá, y lo digo sin ironía, pueda realizar siquiera la mitad de sus promesas de campaña, como esa de los millones de empleos, o la otra, la construcción de millones de viviendas. Dios quiera que cristalicen algún día las reformas laborales con que sueña Angelino Garzón para acabar con las infamias contractuales de las Cooperativas de Trabajo Asociado y los contratos de trabajo a un año, y que los bancos escuchen el llamado del Vice y repartan una buena parte de sus siete billones de ganancias del 2009 entre sus empleados. Darían un bello ejemplo de solidaridad y de motivación empresarial, contribuirían a cerrar la explosiva brecha entre ricos y pobres y dejarían de ser el sector más odiado de la economía.

Ojalá conjure la emergencia en salud que nos deja el irresponsable populismo de este gobierno. Ojalá le devuelva a la Educación el presupuesto que le quitó cuando fue ministro de hacienda de Andrés Pastrana. Ojalá pueda encerrar en su convento para siempre a Andrés Uriel y mandar a una embajada remota a Andrés Felipe Arias, ese petimetre sinuoso y servil.

Por sobre todo, le deseo que encuentre la fórmula de esa esquiva “tercera vía”, porque el neoliberalismo —hasta el BID lo ha reconocido— ha resultado ser un perverso vector de inequidad en los países en desarrollo.

Dos consejos, señor Santos: traicione a Uribe, porque, si se dedica a cuidarle la espalda, se le irá la vida en esa vana empresa y terminará más implicado de lo que ya está. Y traiciónese usted mismo y refrene esa audacia que tantos conflictos internacionales nos ha causado.

Estos son mis deseos aunque, para serle franco, no espero nada de su mandato. Si al pueblo le fue mal con el mayordomo, es de esperar que le vaya peor ahora con el hacendado. Con todo, le confieso que me encantaría equivocarme, que usted haga una buena gestión y que yo tenga que rectificar en este mismo espacio dentro de un año. Buena suerte, señor Santos.

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