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El sabio y el timador

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En 1699 llegó a Londres un francés de modales exquisitos. Era alto, pelirrojo y atractivo. Venía huyendo de la justicia francesa. Sólo tenía lo que llevaba puesto.

Al principio vivió de la generosidad de las matronas que perdían, al verlo, corazón y ahorros. Luego fue curandero y astrólogo. Luego fue un honrado aprendiz en un taller de metalurgia, donde conoció las técnicas del fundido y vaciado de metales, hasta que decidió trabajar por su cuenta y falsificar guineas y doblones franceses que, haciéndose pasar por un hombre de negocios recién llegado del continente, cambiaba por libras inglesas de buena plata. Estaba tan orgulloso de su trabajo que realizaba todas sus operaciones directamente con los bancos.

Las libras eran unas monedas grandes en plata de ley 900, circunferencia irregular y dimensiones no muy definidas. Chaloner consideró que eran un desperdicio de plata y recortó las suyas. Con los recortes acuñaba monedas un poco más pequeñas que las legales aunque en plata de ley, y las libras recortadas las cambiaba en transacciones bancarias por buenas libras. En poco tiempo se convirtió en un socio próspero y respetado del Banco de Londres.

Cuando Isaac Newton fue nombrado director de la Casa de la Moneda, la práctica del recorte estaba muy extendida y había tantos pleitos por la diferencia del valor real entre monedas de igual denominación, que Newton decidió acuñar un gran tiraje con nuevas técnicas, dimensiones y aleaciones bien definidas y bordes acanalados de seguridad.
Las medidas dieron resultado. Cayeron más de un centenar de falsificadores y la profesión casi desapareció. Para descubrir los secretos del taller de Newton, Chaloner trató de infiltrar un cómplice suyo, de apellido Halloway, como inspector de la Casa de la Moneda, pero fracasó porque el aspirante fue rechazado. Entonces enfiló baterías contra Newton. Lo acusó de dilapidador por la enorme suma que costó la reacuñación, y de inepto, porque aún circulaba moneda falsificada, y le pidió al rey una oportunidad de probar revolucionarias técnicas de acuñado que eliminarían para siempre el problema.

Aunque Newton se opuso (la presencia de extraños en sus fraguas lo ponía nervioso) Chaloner obtuvo licencia real para trabajar en la Casa porque sus relaciones en la corte eran inmejorables gracias a un favor que le había prestado al rey Guillermo de Orange. La cosa fue así: Chaloner se infiltró en un grupo de conspiradores contra Guillermo de Orange, partidarios del depuesto Jacobo II, invirtió con generosidad en la “causa”, ganó influencia en el grupo y convocó a los jacobinos a una gran reunión que calificó de “crucial para los destinos de Inglaterra”. Acudieron decenas de conspiradores… excepto William Chaloner, que delató a las autoridades la conspiración y la fecha y el lugar de la reunión, ganando así mil libras de recompensa y la gratitud del monarca.

Y habría hecho de las suyas en la Casa de no mediar un hecho fortuito que lo arruinó. Halloway encargó a un herrero la fundición de una troqueladora y una acanaladora —máquinas cuya sola posesión era un delito capital— y le pagó con monedas falsas. El herrero denunció a Halloway mediante un anónimo. Las autoridades allanaron la casa de Halloway y encontraron las máquinas y gran cantidad de monedas de excelente cuño y baja ley. En la víspera de la ejecución de Halloway, Newton le prometió el indulto a cambio de su colaboración. El convicto señaló a Chaloner como su jefe y proporcionó a la corte pruebas decisivas de su culpabilidad. Newton “olvidó” su promesa, y ambos, Halloway y Chaloner, fueron colgados en Hyde Park el 22 de marzo de 1702.

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