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ASÍ COMO OTROS GUARDAN GORRAS, búhos, llaveros o fidelidad, yo colecciono anécdotas. Aquí van, para acompañar el café y la mañana del lunes, estas seis.
LUEGO DE UN RECITAL de don Jacinto Benavente, un joven le preguntó: “Cuéntenos don Jacinto, ¿cómo fue que usted se hizo marica?”. Benavente se levantó del estrado, caminó en medio de un silencio helado hasta la silla del pálido insolente y le respondió con suavidad: “Preguntando, muchacho, preguntando…”.
A RAÍZ DEL LANZAMIENTO en Roma de la colección La Biblioteca de Babel, el editor Franco María Ricci organizó una rueda de prensa con Jorge Luis Borges. Las preguntas pronto derivaron sobre la reaccionaria filiación política del escritor y los ánimos se caldearon. Cabreado, un periodista preguntó: “Borges, ¿es verdad que todavía hay caníbales en Argentina?”. ¡No señor —contestó Borges—, no queda ni uno, ya nos los comimos todos!”.
PASANDO UN DÍA por una iglesia de Madrid, el conde de Villamediana vio a un cura que recolectaba limosnas para la salvación de las almas del purgatorio (León X, que quería agilizar la construcción de la Basílica de San Pedro, las llamó “indulgencias”). El conde se detuvo, extrajo de su bolsa un doblón de oro y lo depositó en la bandeja del cura. ¿Está seguro —preguntó— de que esta moneda puede salvar un alma de los tormentos del Purgatorio? Sí —respondió el cura—. ¿Y el efecto es inmediato? —preguntó el conde—. Instantáneo —respondió el cura—. ¿O sea que a esta hora un alma ya debe haber salido del Purgatorio? —preguntó el conde—. Gracias a vuestra generosa piedad —completó el cura—. Entonces Villamediana recogió su doblón y se lo guardó diciendo: Tonta será si se vuelve a dejar atrapar.
EL PRIMER MINISTRO inglés Winston Churchill y el dramaturgo Bernard Shaw mantuvieron siempre una civilizada rivalidad; civilizada porque eran gentlemen, y rivalidad porque eran antónimos: Churchill era obeso, conservador, omnívoro, alcohólico y fumador; Shaw, flaco, abstemio, vegetariano y socialista. Pero los unía un sentimiento quizá más alto que el amor: se admiraban secretamente.
De modo que cuando Shaw hizo la lista de las invitaciones para la première de César y Cleopatra, el primer invitado fue Churchill. “Sir Winston Churchill —decía la nota—. El jueves estreno mi comedia César y Cleopatra. Anexo dos boletos para que invite a un amigo… si es que todavía le queda algún amigo”.
Churchill contestó: “Señor Shaw. Por desgracia, tengo asuntos que atender el jueves en la noche. Pero iré a la segunda función… si es que hay una segunda función”.
EN EL OTOÑO DE 2010 un exclusivo barrio de Tel Aviv se conmocionó cuando un salmón que iba a ser decapitado en la cocina de la mansión del rabino Simón Weistrass empezó a gritar en hebreo unas imprecaciones que parecían maldiciones apocalípticas o preceptos levíticos. La noticia se regó como pólvora y una multitud de curiosos llenó el barrio. El rabino escuchó la perorata del pez con un gesto displicente: “Son sólo versiones chapuceras de algunos versículos de Pablo mezclados con recetas kosher”, sentenció. Entonces la multitud se dispersó decepcionada y el cocinero prosiguió su interrumpida labor.
EN EL CURSO DE UN BANQUETE, a Paul Valéry se le escapó un gas a posteriori, como decían las matronas romanas. Rápidamente el poeta corrió la silla con la esperanza de camuflar el flato con el ruido de las patas sobre el parqué. Aunque el truco no funcionó, nadie hizo comentarios, ni lanzó sonrisillas ni se permitió respingos, pero unos minutos después Victoria Ocampo dejó caer este comentario: “A veces hasta a los grandes poetas les resulta difícil encontrar una rima”.