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CON ÍNGRID BETANCOURT YA SON tres los colombianos que han recibido el Premio Príncipe de Asturias.
En 1994 Patarroyo lo recibió en la categoría de investigación científica y en 1997 Álvaro Mutis fue distinguido con el Asturias en letras. Ahora Íngrid es galardonada con el Asturias de la Concordia. Los tres tienen en común un destino trágico, y de los tres se puede afirmar que han hecho mucho, poquito o nada.
Es válido afirmar, como hizo alguien, que Íngrid no ha hecho nada por la paz, que antes del secuestro se había distinguido por su pugnacidad política y por su cercanía a personajes como Carlos Alonso Lucio, y que el hecho de soportar años de cautiverio no bastaban para equipararla con Nelson Mandela, por ejemplo. “Sufrir no es un mérito”, dijo el hombre. El consabido 84% de los colombianos tiene sentimientos encontrados frente a ella. Admiran su inteligencia y su coraje, fueron seducidos por la lucidez, la mesura, la piedad y el “uribismo” que derrochó en su primer día de libertad, pero no se tragan sus declaraciones posteriores, cuando la princesa sacó las uñas y cuestionó con dureza la moral del Presidente.
A Patarroyo la comunidad científica no le perdona su vanidad ni que se engulla él solo una enorme tajada del presupuesto de Colciencias para sus investigaciones inmunológicas. Y también tiene un sino trágico: Patarroyo aruñó la gloria, estuvo a un milímetro de ser un Fleming o un Pasteur, un héroe de la humanidad, recibió casi todos los honores que un hombre de ciencia puede recibir, hasta que la burbuja se desinfló, porque su vacuna no alcanzó los altísimos porcentajes de inmunidad que exigen los rigurosos estándares internacionales.
La tragedia de Mutis consiste en ser apenas un semidivino. Nadie encarna mejor que él la maldición del “casi”: es casi genio, casi gran novelista, casi cuentista y casi buen poeta, pero no pudo acuñar un solo libro contundente, todos dejan la sensación de algo lunanco. Su estilo, en cambio, peca por exceso: como buen dicharachero, siempre pone un adjetivo de más. No es un mal escritor, pero está lejos de Rulfo, Borges o García Márquez; pertenece al grupo más modesto de Benedetti, Fuentes y Vargas Llosa. A Mutis le faltó inteligencia y le sobró ego. Es el antónimo de Borges. Si al argentino le preguntaban ¿a qué horas escribe? Respondía: “A las mismas de Paul Groussac: cuando tengo a alguien a mano para dictarle… Milton decía que cualquier hora era buena. Claro, como también era ciego…”. Gentleman hasta la médula, se las ingeniaba para no hablar de sí mismo. Por eso sus entrevistas resultaban siendo, siempre, un tour por todas las literaturas. En cambio, si le preguntan a Mutis ¿cómo se imagina usted a Ulises? Responderá: “Un gran hombre, sin duda, un símbolo del ingenio y de la voluntad, un navegante de un extraordinario parecido con Maqroll…”, y no habrá quién lo pare.
En cualquier caso, nadie puede negar los méritos de estos tres colombianos; nadie puede negar esa entereza de Íngrid para no rendirse ni agachar la cabeza a pesar de estar seis años en manos de los subhombres de las Farc; nadie le quitará a Patarroyo el lugar que se ha ganado en la historia de la medicina por ser el pionero de las vacunas sintéticas; y creo que nadie en su sano juicio discute que La última escala del Tramp Steamer es una de las más singulares historias de amor de la literatura, y que el verso “que la muerte te acoja con los sueños intactos” es una línea que parece dictada directamente por el espíritu.