Elena Garro, ¿loca o genio?

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Elena Garro (1916-1998) es una de las más destacadas y controvertidas escritoras mexicanas. Su vida se parece mucho a la de tantas mujeres talentosas que han sido eclipsadas y abusadas por sus esposos.

Entre 1937 y 1959, vivió un turbulento matrimonio con Octavio Paz, de cuya unión quedó una hija. Ella misma denunció en sus relatos los abusos de Paz. Irene, Testimonios sobre Mariana y Mi hermanita Magdalena son variaciones de un guion que se repite: las zozobras de una madre y su hija, hostigadas por un marido brutal. César Aira, que la admira, dice: “Las novelas de Garro son el desarrollo obsesivo de un solo tema: el poder tanático del orden masculino persigue a una madre y una hija, protagonistas de una folie a deux que necesita de la catástrofe para reproducirse”.

En Testimonios sobre Elena Garro, la profesora Patricia Rosas Lopátegui asegura que las novelas de Elena tienen muchos elementos reales y que “Paz era un petiso, bello, dotado, infiel frenético y sádico aplicado que convirtió la vida de Elena en una pesadilla”.

Luego del divorcio de la pareja, Paz habría liderado una ofensiva de intelectuales mexicanos contra Elena que la condujo al exilio, el ostracismo y la locura.

En apoyo a Garro, en cambio, Borges, Bioy Casares y Manuel Mujica enviaron un telegrama a Díaz Ordaz, presidente de México.

El malestar de los intelectuales se debía a que Elena los había acusado públicamente (El complot de los cobardes) de aupar las manifestaciones que culminaron con la matanza de Tlatelolco en octubre de 1968, cuando el ejército asesinó a más de 300 estudiantes para preservar el orden público con miras a la realización de los Juegos Olímpicos de ese año en México D.F.

Pero la desclasificación del Informe Garro de la Dirección Federal de Seguridad empezó a arrojar nuevas luces sobre su caso. Allí se lee que Elena Garro entregaba a la policía política reportes de lo que ocurría en los círculos intelectuales de izquierda (recordemos que el fantasma del comunismo recorría entonces América Latina) a cambio de protección para ella y su hija, Elena Paz Garro. Jugaba, pues, un papel muy parecido al de Camilo José Cela, el abominable soplón a sueldo del franquismo, el mismo que respondió: “Yo no leo maricas”, cuando lo interrogaron sobre Lorca. (v. Antonio Caballero, “Pedo, culo, caca y pis”, Paisaje con figuras).

Elena Poniatowska asegura que Garro le dio a Patricia Rojas Lopátegui “un amasijo de contradicciones y falsedades. Era leída y respetada como escritora, no tanto como persona. Nadie urdió confabulaciones contra ella y mucho menos Octavio Paz, que siempre admiró a su mujer, que no dejaba de asombrarlo, mejor dicho de inquietarlo y turbarlo hasta despeñarlo al fondo del infierno”.

Quizá se refiere a los delirios paranoicos de la novelista, a sus continuas peleas con los escritores, en las que terminaba enredado Paz, o a la tendencia irrefrenable al derroche de Garro y su hija. “Ningún dinero resultaba suficiente para cubrir las extrañas necesidades de las dos Elenas, especialistas en desaparecer cualquier cantidad en días y a veces en horas”, escribe Christopher Domínguez, el mejor crítico del México contemporáneo.

Para él, “la locura de Garro estaba llena de método; era capaz de distanciarse de sí misma de una manera sardónica y cruel, y no puede ser traducida en términos de corrección política. Por sus novelas, sus cuentos, por su teatro, Garro fue la gran narradora mexicana del siglo pasado, la única cuya obra pudo redimir con creces la amargura y el caos de una inteligencia errabunda”.

Fuente: Christopher Domínguez, Diccionario crítico de la literatura mexicana.

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