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La obra de Chesterton está muy bien leída. Sus cuentos giran sobre crímenes de apariencia sobrenatural, complicadísimos, de “cuarto amarillo”, como decimos los críticos, que él resuelve siempre por caminos puramente lógicos. Amaba la humildad de la palabra ensayo. “El ensayo es el único género literario cuyo propio nombre reconoce que el irreflexivo acto conocido como escritura es en realidad un salto en la oscuridad”. Es una observación justa. El ensayista sabe que solo hace bocetos, mientras el poeta delira con perturbaciones lunáticas o saturninas y el narrador lo penetra todo con clarividencia omnisciente y truena con voz divina: “¡Canta, oh diosa, la cólera del pélida Aquiles!”.
Nota. El “cuarto amarillo” es, por ejemplo, el problema que plantea un muerto cuyo cuerpo aparece apuñalado en una habitación hermética y cerrada por dentro.
El norte de Chesterton fueron la justicia social y el bien moral, nobles empeños que no le impidieron deslizar, entre líneas, escupitajos machistas, racistas y antisemitas. Se ajustaba, en suma, a la opinión de Óscar Wilde sobre el complejo espíritu inglés: “Inescrutable, abnegada, Inglaterra civiliza el mundo con métodos bárbaros”.
Chesterton fue el primero en notar que Poe no era el padre del cuento policiaco sino Sófocles, cuyo Edipo es el desgraciado detective que descubre que el asesino es él mismo. Necrófilo como Poe, como Jesús, como todos los hombres, confesó que “a una novela sin muerto le falta vida”.
Cuando fue ateo, blasfemó con tino diabólico:
“La soledad de Dios es monstruosa”.
“El monoteísmo es una potencia y una debilidad: Alá es grande y Jesús es rey de reyes, quién lo duda, pero carecen de antagonista, que es el alma del drama. Sin antagonista, la tragedia deriva en zarzuela”.
Cuando se convirtió, fue la más aguda inteligencia de la cristiandad. Si la evolución fuera una teoría correcta, dijo, veríamos sus fases en el arte, pero no hay un solo garabato en el paleolítico. “Sin bocetos, sin una sola vacilación del pulso, los hombres pintaron Altamira y Lascaux”.
En premio a su fe, Dios le dio una gracia, el mejor antagonista posible. George Bernard Shaw era flaco, pelirrojo, socialista, vegetariano, abstemio y ateo. Chesterton era gordo, rubio, omnívoro, conservador y católico, y jamás se acostó sin tomar al menos una copa de vino. Shaw creía en el advenimiento del superhombre. Para Chesterton era suficiente que hubiera hombres. Exceptuando quizás el teorema de Gödel, sus peleas fueron el mejor espectáculo de la inteligencia en el siglo XX.
“El éxito final de Shaw como charlatán coincide con sus primeros grandes fracasos como teólogo”.
“Sus fábulas evangélicas están plagadas de monstruos que caen y caen, como él, por un foso más hondo que la Torre de Babel. Dios existe, el Mal insiste, Chesterton recae”.
“En un rapto de humildad, Shaw aceptó que Shakespeare era más alto que él, pero inmediatamente dio un brinco y se trepó sobre los hombros de Shakespeare. Cuando se cayó de ahí con estrépito, recordó, terco como buen puritano, que Shakespeare escribió sobre los hombros de Platón y concluyó, desesperado, que los tres eran iguales”.
“Dios es la luz del Chesterton hombre, que espanta los fantasmas del niño Chesterton”.
En el fondo se admiraban. “Chesterton es un filósofo sano, vital, Homero rugiendo entre los pinos, Whitman cantando en la tormenta. Es como esos relojes de sol, que solo registran las horas felices”.
“Cuando el espíritu que niega sitiaba la última ciudadela, blasfemando contra la propia vida, resonó la voz de Shaw. Su lanza no se quebró nunca”.
Se sabe que en su lecho de muerte, le dijo a su mujer: “Dale un beso a Shaw… como cosa tuya”.