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UNO PUEDE PERDONARLE A ESPAÑA la bromita del Descubrimiento y su xenofobia pero es difícil tragarse también esa ingenuidad de creer que sus localismos son expresiones universales y que sus traductores encuentren naturalísimo que Agamenón le diga a Aquiles: "Regresa al combate, golfo, y que el pélida le responda: ¡Ve a que te follen, tío!".
Además, está esa molesta afición española por los tiempos compuestos, esa manía de andar diciendo “hemos comido, han llegado, habéis tenido”. Es un vicio que casi no se nota en un poema, pero que resulta empalagoso en un cuento o en una novela… bueno, las novelas son empalagosas de todos modos, con o sin tiempos compuestos, pero yo no voy a hablar de literatura sino de algo más importante, de fútbol.
Me alegró el triunfo de España sobre Alemania. Al fin y al cabo el Descubrimiento está más lejos que el Holocausto, la lengua española no es tan pedregosa como la alemana, el Mediterráneo es más bello que el Báltico, el vino es mejor que la cerveza, el gazpacho es más rico que el aalsuppe (una repugnante y popular sopa de anguila) y, sobre todo, la gambeta es más linda que los movimientos en bloque de esas “divisiones panzer”.
Hasta ahora, este ha sido el mejor partido del Mundial, lo cual, la verdad, no significa mucho. Como todos los realizados de 1970 para acá, los mundiales (y el fútbol en general) se volvieron una cosa de correr mucho y hacer poco: hoy, el 80% de los pases son laterales o devoluciones pero eso sí, ¡rápido! El Mundial del 70 se salvó por esa poesía plástica que escribieron Pelé, Tostao, Rivelino y compañía. Pero ya había llegado la peste holandesa, el fútbol total, es decir, el antifútbol, una estrategia que consistió en pasar del 4-3-3 al 4-4-1-1, sacrificar el arte por la velocidad, el espectáculo por el resultado, el especialista por el supernumerario, y defenderse con ocho o nueve hombres para no dejar espacio ni siquiera para una pelota metida al vacío. ¡Joder, tío! España-Alemania siguió esta tónica: ¡hubo siete tiros al arco en todo el partido, uno cada 13 minutos!
España, hay que decirlo, hizo cinco de estos siete tiros, y el quinto resultó letal. Fue una jugada con pelota quieta. Corría el minuto 73. Xavi Hernández, el dueño del medio campo, cobra un tiro de esquina. Como Alemania se para en zona, Puyol se queda afuera del área, sin marca. Cuando Xavi arranca, Puyol pica, calcula en un instante la parabólica de la pelota, salta altísimo, por encima del planeta, se cuelga del aire un segundo mediante un sostenido imposible que desafió la gravitación y las protestas de Newton, y metió el cabezazo que sacó de la Copa a los tricampeones del mundo. ¡Golazo!
Hoy se disputa (el verbo es excesivo) el partido más triste de la Copa. Aunque está en juego el tercer puesto, el encuentro despierta el mismo entusiasmo que Huila vs. Cortuluá. Mañana se juega, por primera vez en 32 años, una final sin campeones (la última final “plebeya” la jugaron Argentina y Holanda en 1978). Mañana no estarán en el campo Brasil, Italia, Alemania, Argentina ni Francia. Será, pues, un duelo de dos selecciones sin títulos mundiales, España y Holanda, pero que llegan con la credencial de haber dejado en el camino a esas encopetadas señoras. Holanda tiene buenas cartas: es sucia, rápida, práctica, “total” y muy eficaz en el contragolpe. Además la suerte le ayuda en los momentos críticos, como en el autogol de Brasil y en la mano que le dio el árbitro contra Uruguay. España tiene movilidad y cohesión entre sus líneas, es sólida en defensa, tiene chispa en el ataque y está enchufada: lo ha ganado todo este año. Ojalá triunfe mañana. Ojalá pierda Holanda por sucia. Y por suertuda. Y por “total”.