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Inteligencia y género

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¿Quién es más inteligente, el hombre o la mujer? La pregunta no tiene sentido porque la inteligencia es un concepto indefinido.

 Como “la tercera vía”, digamos, o como Dios, trino y uno, o como la “felicidad”, esa desconocida, o como el factor “cuántico” de los autores de superación y los psicólogos crossover-alternativos-chamanísticos-cuánticos.

¿Qué es la inteligencia? Hace 30 años era una potencia virtual (una sola) que sacábamos de la manga para explicar el éxito de una persona en algún campo de las actividades humanas. Ahora los psicólogos cognitivos hablan de muchas “inteligencias”. El misterio se ha multiplicado.

“Las mujeres en general son muy inteligentes, pero en particular son brutísimas”, dice un amigo mío (un patán, claro).

La verdad es que ellas en particular, y la especie humana en general, no se distinguen por su inteligencia. Basta repasar la historia, o considerar la precaria viabilidad del futuro de la biosfera, para concluir que somos un estruendoso y pedante fracaso. Es por eso que los irónicos rezongan: “Es probable que haya vida inteligente en otros planetas”.

Pero hay diferencias, por supuesto. La mujer nace artista. Al hombre le toca formarse. A los tres años, las niñas bailan, conversan, decoran, diseñan y dibujan mejor que los niños, y mantienen esa ventaja hasta el final.

En compensación, los hombres tenemos mejor humor. ¿Por qué? Nadie lo sabe. Quizá son más nerviosas porque son madres. Quizá son más piadosas, y el humor es siempre cruel. O son más cautas porque son más creyentes… y como Jehová está en todas partes…

Siempre se ha dicho que el hombre razona mejor en los campos abstractos, cualidad que le facilita el manejo de datos, fechas y conceptos. Pero yo creo que la verdad es que el hombre es más obsesivo con la información. Las mujeres también manejan datos y fechas, pero su conversación es mucho más variada. Ellas alternan la política con la moda, el chisme y las confidencias, la maledicencia y la bondad, el arte y la cocina, las cifras y las flores. Ellas no pueden entender, no conciben, no toleran que se hable de un solo tema en las reuniones sociales. Tienen razón. Hablar tres horas de política es una necedad, salvo que uno sea un sujeto sub júdice, es decir, político o contratista. Si usted quiere sostener una discusión temática, organice un seminario, no un almuerzo de amigos.

Las mujeres entienden que la conversación es una fiesta del espíritu. Para el hombre, en cambio, es un torneo de conocimientos (por eso el 95% de los participantes de concursos babosos, estilo Quién quiere ser millonario, son hombres).

El hombre carga el inri de ser “macho alfa”. Por eso está ollis montis fetuchis mortis (es decir, paila). Debe ser fuerte, el más fuerte, astronauta, culto, cultísimo, brillante, que le chorree por las sienes la materia gris, Einstein en patines, millonario, riquísimo y muy seductor. Pero no le basta seducir. Necesita contar. Y exagerar.

La mujer, criatura leve y alada, no carga semejantes fardos. Se sabe con derecho a decir “no sé”. Nunca alardea de sus conquistas. Tiene más pasado que memoria. Puede hacer muchas cosas a la vez. No le interesa fungir de enciclopedia. Le encanta fingir que es débil. No permite que su intelecto prime sobre sus emociones. Es, para decir de una vez palabras fatales, el más insidioso engendro del demonio. ¡Está en las Escrituras!

Con todo, es mucho mejor ser hombre porque las mujeres están condenadas a andar con esos sujetos cuadriculados, psicorrígidos, prepotentes —los hombres—, mientras uno sale con criaturas llenas de gracia, flexibles, artísticas, glamorosas, sensibles, cadenciosas, las mujeres.

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