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Hay tres cosas que nadie relaciona: el siglo XIX, el computador y las mujeres. Nadie concibe que en ese tiempo remoto, donde todo era mecánico y hasta las secretarias eran hombres, una mujer haya sentado las bases teóricas de un invento que no tiene piezas móviles.
Ada Byron fue la única hija legítima del poeta Lord Byron. Amaba la naturaleza, la poesía, las artes… y los tutores. Preocupada por el carácter soñador y culiprontístico de la joven, su madre la llevó a un médico que le prescribió un tratamiento de choque para enfriarla radicalmente: dosis altas y diarias de álgebra y geometría euclidiana.
Parcialmente curada, Ada se relacionará con Charles Babage y Augustus De Morgan. El primero jugaba con robots, estaba introduciendo tarjetas perforadas en los telares de la Revolución Industrial y acababa de recibir del gobierno británico 17.000 libras para la construcción de una máquina matemática programable (con esta suma podían comprarse dos buques de guerra). El segundo, De Morgan, soñaba con un lenguaje que tuviera la hondura y la universalidad de la filosofía y la precisión de los números, la lógica matemática.
El resultado de todo esto fue un producto típicamente romántico: Ada le mezcló números a sus delirios y se volvió una poeta científica, como Poe, digamos, que estaba trazando la geometría del crimen al otro lado del océano (un amigo de Babage, William Whewell, había acuñado el adjetivo “científico”, que borraría del diccionario a “filósofo natural”).
Los aportes a la ciencia de la computación de Ada Byron, o Ada condesa de Lovelace, por su apellido de casada, son tres: el primero era que la máquina universal de Babage no tenía que limitarse al cálculo de funciones matemáticas, sino que debía ser capaz de procesar cualquier tipo de información que pudiera expresarse con símbolos: lógica, música, poesía, curvas, datos.
El segundo aporte fue la creación del concepto de algoritmo informático, una especie de mapa conceptual de los pasos a seguir para desarrollar una tarea, o lo que hoy llamamos “programa”. Los “mapas” de Ada son muy parecidos a los “diagramas de flujo” de los programadores de los años 70. También introdujo los conceptos de “subrutina”, un programa pequeño que hace parte de un programa más amplio, y el de “bucle”, una secuencia de instrucciones que se repite hasta alcanzar un límite predeterminado por el programador. Por estas realizaciones, hoy se la considera la primera programadora informática de la historia.
El tercer concepto está relacionado con un tema fascinante, algo que se mueve en la frontera que separa la ciencia ficción de la metafísica computacional: ¿puede pensar una máquina? Su respuesta, bautizada por Alan Turing como “la objeción de lady Lovelace”, fue: “No. La máquina analítica no tiene en absoluto pretensión alguna de originar nada. Puede hacer cualquier cosa que sepamos ordenarle. Puede desarrollar análisis, pero no tiene capacidad para anticipar relaciones o verdades analíticas”.
Aunque nos suene muy moderno, el tema estaba en el aire. Una amiga de lord Byron, Mary Shelley, estaba escribiendo entonces la novela Frankenstein, la primera pesadilla de la inteligencia artificial.
Yo creo que es muy difícil dar una respuesta concluyente por dos razones: la primera es que seguimos sin saber qué es “inteligencia”. La segunda es el narciso de la especie humana, que nos lleva a creer, contra toda evidencia, que somos sabios, divinos. Todavía seguimos sin rubor el criterio de Voltaire: “Inteligente es todo aquel que piense como uno”. Ponga “toda cosa” en lugar de “todo aquel” y tendrá el criterio con que evaluamos hoy la inteligencia artificial.