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Los tratadistas de la literatura usan la palabra “poética” para referirse a la teoría II, la que escriben los maestros, que difiere mucho de la teoría I, la de los manuales.
Son materias diferentes, claro. Entre la teoría I y la poética media un abismo como el que separa al código de policía de los aforismos cínicos. Las poéticas tienen unas sutilezas, unas gambetas y una generosidad por completo ajenas a la teoría I.
La teoría I define el plagio, digamos, como el delito de quien toma contenidos (forma y fondo) ajenos. André Gide, en cambio, salta sobre estas minucias: “El plagio se justifica cuando involucra el asesinato”. Lo dijo pensando en plagiarios célebres, como Shakespeare, Goethe o Gabo, que mejoraban tanto lo robado que ya a nadie le importa de quién era el original.
Un raponero de alto coturno dijo: “Trabajamos siempre sobre materiales ajenos, las lenguas, obras magníficas pulidas por los siglos y las generaciones. Así, ¿cómo sentirse dueño de nada?”. Fue por esto que estampó al frente de Fervor de Buenos Aires: “Si las líneas que siguen consienten algún verso feliz, disculpe usted, querido lector, la descortesía de haberlo usurpado yo previamente. Nuestras nadas poco difieren y es fortuita la circunstancia de que sea usted el lector y yo el autor de estas líneas”.
Los tratadistas tomaron la palabra de la Poética de Aristóteles, “una obrita perfecta de crítica literaria”, según la reseña de Wilde en La decadencia de la mentira (lo de “obrita” alude a que tiene pocas páginas, como los mejores ensayos).
Los poetas usan el vocablo para bautizar un poema que está en el centro de su producción y que contiene su estética y una declaración de principios. Es una suerte de “do de pecho” del vate.
Augusto Monterroso escribió un decálogo malicioso y puso en su centro este engendro: “En literatura no hay nada escrito”. Imposible decir más con menos palabras. Ni con más. Como en la célebre paradoja de los cretenses, es una proposición que, si la consideramos falsa, es cierta. Si la suponemos cierta, resulta falsa.
Los lectores más resabiados de poesía miran con desconfianza la poesía transparente. Autores como Benedetti o Sabines les resultan sospechosos. No resisten dosis muy altas de ternura y sencillez. Exigen que haya misterio en la forma y contención en el fondo, algo que Wystan Hugh Auden resumió con nitidez: “Toda la poesía mala es sincera”. Significa que toda ternura autobiográfica y toda emoción, por elevada, pura o intensa que sea, necesita edición. Como hacía la mamá de Proust los domingos: luego de arreglarle la corbata y peinarlo con esmero, lo despeinaba un tris “para que luzcas como un niño, no como un señorcito”.
Esto es algo que deben tener en cuenta los “estilistas”. Como un bifé digno de los molares, un escrito serio, en prosa o en verso, nunca debe quedar demasiado hecho.
Entre nosotros, el profesor Jaime Vélez, contribuyó al milenario “decálogo” de la poética con esta tranquila y económica definición: “Un ensayista es alguien capaz de sostener con gracia un punto de vista original”. Allí está todo. Con “ensayista” nos dice que la cosa es literaria y que el tipo debe escribir en prosa, no en lenguaje coloquial, informativo, vargallosístico ni fuentesiano. Al encarecer la “gracia”, nos exhorta a ser breves y leves; a huir del abismo del tratado y a la tentación de la exhaustividad. El “punto de vista original” alude a dos deberes: a tomar posición frente al tema, porque el ensayo es un género personal, y a ejercer la especulación. Entre líneas, estaba diciendo: la especulación es al ensayo como la imaginación a la narrativa. Ningún tratado puede agregar nada a esta minipoética del género.