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Entre los comentarios equivocados que he escuchado estos días, a propósito del acuerdo sobre justicia transicional en La Habana, hay dos que quiero destacar.
El primero tiene que ver con un supuesto malestar en las FF. AA. por la posibilidad de que sus miembros sean juzgados “con el mismo rasero utilizado contra los elementos de la subversión”, según las declaraciones de un vocero de los militares en retiro. Es un reclamo incoherente por donde se lo mire. Los soldados y los guerrilleros son todos ciudadanos colombianos, y la ley es una sola. No tiene por qué haber distintos “raseros”. Y si los hubiera, la Justicia debería ser más severa con los militares. Un falso positivo, demos por caso, es más grave que la muerte de un civil a manos de la guerrilla. El funcionario que desfalca las arcas del Estado merece una pena mayor que el empleado que mete la mano en la caja de la empresa. “Gravis dignitas, gravis suplicium”, decían los romanos en el sucinto latín: a mayor dignidad del cargo, mayor severidad de la pena.
De manera que si las penas para los miembros de las Farc son muy blandas, como alegan los que se oponen a los acuerdos de La Habana, los militares deben estar complacidos de que se los juzgue con el mismo tierno rasero.
El segundo comentario está relacionado con los “mantras” del senador Uribe. El “castro-chavismo” de Santos. La “Justicia sin impunidad”. “La entrega del Estado a la guerrilla”. Para tratar de entender la razón de esta empecinada cantaleta, Antonio Caballero se remonta a las estrategias de desinformación de Joseph Goebbels y Laureano Gómez: “Una mentira repetida muchas veces acaba convirtiéndose en una verdad”, dice Caballero, y se equivoca.
Uribe y Ordóñez repiten sus diatribas porque no tienen argumentos. Gritan porque odian el diálogo. Apelan a los más bajos instintos porque son alérgicos al debate en el terreno de la razón. Exigen una justicia perfecta porque saben que es imposible alcanzarla. Uribe y Ordóñez fincan todas sus esperanzas en el presupuesto de que es más fácil torpedear que construir.
La estrategia de repetir mentiras para que la gente termine creyéndolas no funciona aquí porque la audiencia está compuesta por tres segmentos muy definidos: el primero es una masa con escasa o nula formación política. Idolatran a Uribe y creen a pie juntillas todo lo que su boca exhala, sin necesidad de que lo repita. El segundo segmento está formado por uribistas inteligentes. Son personas que no se tragan el burdo discurso del caudillo, pero les conviene dejarlo correr. Algunos perdieron contratos con la llegada de Santos al poder, o temen perder contratos de suministros a las FF. AA., o les preocupa el programa de restitución de tierras, las investigaciones que se abrirán en el posconflicto. De manera que se limitan a menear su whisky y a suspirar: “Cuántas sandeces dice este matón… ¡Pero es nuestro matón!”.
El tercer grupo está formado por el resto de colombianos, los no-uribistas. Son personas vacunadas, por información o por intuición, contra las peroratas del infausto senador, así las repita mil años.
Este grupo, y la Iglesia, las Naciones Unidas, la Comunidad Europea, la Casa Blanca, los industriales colombianos y hasta el papa, han recibido con esperanza las noticias de La Habana. Saben que el camino es culebrero. Que hay enemigos apostados a la derecha y a la izquierda. Que los costos económicos serán enormes. Que el proceso será largo y difícil. Pero también saben que la guerra es más cara, más difícil, más estúpida.