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Las casas están hechas de «llenos» y “vacíos”. No hay más. Los llenos son los muros. Los vacíos se llaman vanos, es decir, una interrupción momentánea de la pared. Si el vano tiene cerramiento móvil (naves batientes, por ejemplo), tenemos una puerta o una ventana; depende: si el vano empieza a ras de piso, es una puerta; si empieza más arriba del zócalo es una ventana. O puertaventana, si está a ras de piso y permite el tránsito, como en las casas chinas, árabes y otros pueblos cuyas ventanas son bajitas porque es costumbre sentarse en el suelo.
Las primeras puertas fueron las de las cavernas, obviamente, y como descubrió Hernando Aldana, dieron lugar a las primeras cámaras oscuras. De donde resulta que la prehistoria de la fotografía no arranca en la antigüedad china, griega ni árabe, como nos han dicho durante 2.000 años, sino en el paleolítico alto. Un orificio en la puerta, un rayo de sol, una imagen invertida en el fondo de la caverna y ya. Sólo falta esperar la invención del papel y que la alquimia se destile en química. Pero me desvío. Retomemos.
La primera puerta fue africana y la hizo al marido de Lucy, como nadie ignora, pero la ventana es claramente un invento femenino. Huele a mujer. Tiene el estilo. Las mañas. Es discreta, si la comparamos con la puerta, pero también fisgona, como ellas.
La historia de la ventana en el viejo mundo es confusa y disputada. Todas las naciones se arrogan su invención. Por esto limitaré mi estudio a la ventana en América, concretamente al tramo español.
Las primeras casas de los españoles en América eran bunkers (el que la debe la teme). La fachada era ciega, con excepción de la puerta, y el agua, el aire y la luz se recibían por un patio interior, como en el impluvium romano. Todo iba bien hasta que llegaron las primeras españolas… y empezó la cantaleta. Que las piezas eran muy oscuras. Que eran muy húmedas. Que todo olía a guardado. Que los niños estaban pálidos como gusanos de queso. Que por qué no abrimos ventanas como todo el mundo.
Los hombres dijeron que no. Era muy peligroso. ¡Por allí podían entrar ojos, manos, cerbatanas y hasta indios enteros! Y que no se hable más. ¡Joder!
Todo termina, excepto una cantaleta, y hacia final del XVI aparecieron en las fachadas, arriba, en la arista que forman la pared y el alero, unos pequeños vanos rectangulares. Respiraderos, se llamaban. Durante los 50 años siguientes las españolas miraron con tanto fervor esos rectangulitos de luz, que los fueron bajando y bajando y ampliando hasta que lograron, decenios mediante, ventanas dignas de un cristiano. Con reja, por supuesto, para que no entrara el indio ni mucho menos esa cosa superdotada que estaba llegando de allende los mares, el negro.
Inicialmente la reja era plana y estrecha, tupida, para que no cupiera la cabeza del indio, pero tampoco permitía que las mujeres se asomaran y dominaran la calle. Entonces ellas empujaron con sus mejillas tenaces durante casi un siglo, con curiosidad, con paciencia, con sed de calle hasta que la reja se curvó y tomó formas de mujer. Son las rejas barrigonas que todavía vemos en las casas viejas.
Esta es la historia de la ventana en América. El lector puede encontrar definiciones, bocetos y fotos espléndidas en “Las palabras de la arquitectura”, el diccionario de Benjamín Barney-Caldas y Silvia Patiño Spitzer (por alguna razón vertical, los arquitectos escriben mejor que los escritores. Bueno, les ayuda el léxico: luz, aire, volumen, prisma, agua, sol…). Pero la verdad monda y lironda es que la ventana, aquí y en la África, fue un invento de las mujeres para mirar a través de las paredes.