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La piedra, el fuego y la línea

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LAS PRIMERAS GRANDES IDEAS DEL hombre fueron la bipedestación, las herramientas de piedra, el uso del fuego, la construcción de cortavientos, las tumbas y el arte.

Los antropólogos llaman bipedestación a la actitud que les valió a ciertos cuadrúpedos volverse bípedos hace seis millones de años. Fue una idea providencial porque el homínido liberó así sus patas delanteras de la función locomotriz y aumentó su estatura, efecto que le sirvió para ahuyentar a los predadores. Algunos analistas creen que la bipedestación fue un acto instintivo, no un razonamiento, y que por lo tanto no puede considerársela una idea, propiamente hablando. En todo caso, idea o chiripa, esa postura nos cambió la vida. A ella le debemos, entre otras cosas, que hoy podamos “mirar por encima del hombro”.

La segunda idea fue las hachas de piedra. Las inventamos hace 2,7 millones de años en Etiopía, ganamos con ellas fama de Homo habilis, fuimos cazadores, pusimos fin a la pesadilla de millones de años de ensaladas y carroña, nos hartamos con jugosos perniles, y el cambio de dieta nos aumentó el tamaño del cerebro.

La tercera idea fue el cortavientos, un semicírculo formado con grandes piedras. Los bípedos los inventaron un millón de años después del hacha, fueron las primeras construcciones y salvaron a nuestros mayores de los filosos vientos del invierno en las regiones donde no había cuevas. En este momento el habilis, bípedo pero jorobado, se yergue erectus. Poco después las herramientas cambiaron. Las hachas de Amiens, Francia, tienen forma de pera, son bifaces y simétricas. James Steele ha mostrado que para fabricar una de estas hachas eran necesarios 301 golpes, en promedio, y 24 minutos de trabajo. Semejante secuencia, sostiene, es tan compleja como la construcción de una frase, y nos recuerda que los daños en la área de Broca del cerebro afectan por igual el lenguaje y los movimientos de las manos.

La cuarta idea fue el fuego. Aprendimos a usarlo hace 1,42 millones de años en Kenia. Gracias a su poder pasamos de ser presa de los grandes felinos para convertirnos en sus predadores, cocimos arcillas, descongelamos mamuts, aprendimos a cocinar y pudimos aprovechar la energía de los carbohidratos de ciertos vegetales que eran muy duros o indigeribles.

Hace cuatrocientos mil años la lanza nos alargó el brazo y las uñas. La inventó un cobarde en Essex, Inglaterra.

Hace 150.000 años nuestro cráneo tomó el aspecto actual: una bóveda craneana alta y esférica, frente vertical, arcos superciliares de poco relieve y mandíbula ortognática.

Hace 90.000, en Israel, enterramos por vez primera a nuestros muertos. Se cree que el hecho marca la aparición de la conciencia, “el gran poema de la materia”, y el comienzo de las religiones. Lo cierto es que el entierro es un ritual que nos ayuda a sobrellevar el dolor y a manejar con cierta soltura esa criatura tremenda, esa cosa que está y no está, el muerto.

Hace 50.000 años apareció el arte: pinturas rupestres, cuentas de colores y figurillas de bulto. Eran esculturas femeninas siempre porque la gestación nos parecía una operación mágica (ahora sabemos que es mágica). ¿Cómo fueron posibles Altamira y Lascaux? ¿Cómo llegamos a esas formas tan gráciles, cómo alcanzamos esa pasmosa “modernidad” sin pasar por el primitivismo? ¿Por qué es tan firme el pulso de esa “mano sin rostro que traza el lomo del bisonte” con una línea perfecta? Nadie lo sabe. Algunos piensan que sí hubo balbuceos y bocetos y bisontes chuecos pero se han perdido. Otros aseguran que esa mano sí estaba entrenada porque ya antes había hecho vestidos, cocido alimentos, acariciado el bisonte, rozado labios, secado lágrimas y pulido el hacha.

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