Publicidad

La serpiente se muerde la cola

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

‘CHUZAR’ TELÉFONOS ES UNA INVEterada costumbre nacional. ‘Chuzaban’ los Rodríguez en Cali y don Pablo en Medellín en los ochenta, en complicidad con los funcionarios de las empresas de teléfonos; hace dos años se supo que la Dipol, la Dirección de Inteligencia de la Policía, ‘chuzaba’ con desvelo a muchos personajes de la vida nacional, en especial a los de la oposición. Y ahora se revela que las largas orejas del DAS han llegado hasta las alcobas de los hijos de los magistrados.

Cinismo aparte, hay que reconocer que ‘chuzar’ teléfonos es una práctica corriente en los gobiernos del mundo, y parar la oreja es un instinto, un derecho elemental que ejercemos a diario los cónyuges celosos, los padres sobreprotectores y las personas curiosas, en general. De manera que estamos ante un pecadillo venial en el peor de los casos; tanto, que basta un sello de la Fiscalía para que deje de ser pecado y se convierta en una herramienta legítima de la Justicia y la Policía. Ahora, me pregunto, moralmente hablando, ¿importa que las ‘chuzadas’ estén autorizadas por el director del DAS, un empleado del Presidente, o por Mario Iguarán, su ex empleado?

Pero hay tres cosas que no pueden soslayarse. La primera, que ‘chuzadores’ profesionales terminen “filtrados” por una revista y sus torpezas pongan en evidencia la inelegancia del Gobierno, para usar un término suave; porque parar la oreja puede ser un derecho, pero es vergonzoso que nos sorprendan. La segunda, que los chuzones son parte de una campaña de persecuciones y hostigamientos contra los miembros de la Corte Suprema de Justicia e incluso contra sus familias, como lo ha denunciado su presidente, Francisco Javier Ricaurte. Y la tercera, la más escabrosa, el descubrimiento de que el DAS le vende servicios e información a guerrilleros y a narcos, según la denuncia de Semana. (La coartada de José Obdulio, al echar en el mismo saco a Semana y las Farc, es tan burda que parece dictada por her Álvaro).

El prontuario del DAS es tan voluminoso que sus crímenes ya no se pueden justificar con la socorrida excusa de los “casos aislados” y los “mandos medios corruptos” que obran a espaldas de sus directores y del Presidente. Es difícil aceptar que Jorge Noguera ignoraba que el DAS, centro nervioso de la política de Seguridad Democrática, se había convertido en una central paraca; y que María del Pilar Hurtado, la descabezada sucesora de Andrés Peñate, ignoraba que un empleado suyo, un sujeto “con exceso de iniciativa”, había enviado circulares a todas las seccionales ordenándoles vigilar a Gustavo Petro y a otros miembros de su partido, escándalo conocido como el Water-Polo; y que el sucesor de la señora Hurtado, Joaquín Polo, no supiera que en las salas de interceptación (conocidas como “vino” y “plata”) se ‘chuzaban’ teléfonos de periodistas, magistrados y fiscales, e incluso de funcionarios del Poder Ejecutivo, por si las moscas… la serpiente se muerde la cola…

Lo que sí sabemos es que Uribe sí sabía. Y lo sabemos porque en una rueda de prensa que dio a la medianoche del 15 de abril de 2007 a raíz del caso de la Dipol, se le fue la lengua y dijo que tenía informes de Inteligencia sobre las intrigas contra el Gobierno por parte de ciertos colombianos en los pasillos del poder en Estados Unidos.

Por todo esto, la fórmula de Uribe para sortear los crónicos escándalos del DAS es risible: propone que sólo ‘chuce’ la Dipol, previo sello, eso sí, de su fiel Iguarán. Otro “cabezazo” como éste y estaremos perdidos.

Corolario: la existencia de algunos funcionarios honestos en el DAS no tiene porqué comprometer la macabra reputación de ese organismo en su conjunto.

Conoce más

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido