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La venganza de Hipólito

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Eran días de equilibrio y serenidad. Los hombres ignoraban por igual la euforia y la depresión. Una bruma providencial los había mantenido a salvo del embeleco de la búsqueda de la felicidad. En todos los planetas la gente vivía con curvas de ánimo suaves. Sin picos. Nadie ponía el grito en el cielo si se aburría. A nadie se le había ocurrido negar el dolor ni envasar la felicidad, ni inventar nirvanas ni paraísos y cobrar la entrada o vender la receta. “Todo el mundo sobrellevaba su aburrimiento sin aspavientos”, como escribió Alceo, un cronista que recordaba los tiempos anteriores a la desgracia.

En esos épocas, en el nivel que hoy ocupa el cinturón de asteroides, orbitó Vulcano, el décimo planeta del Sistema Solar. Allí vivió Hipólito. No conservaríamos su memoria de no ser por la extraña enfermedad que lo atacó en plena juventud y le derritió las facciones. Tan desagradable se volvió su aspecto, que las gentes huían espantadas a su paso. Fue internado en una especie de leprocomio pero los médicos y hasta los mismos internos protestaron. Entonces se lo deportó a Necrón, un planeta deshabitado —rico en minerales radiactivos— en los confines de la constelación de Hércules. No hay flores, aves ni peces en Necrón. Sólo la ceniza gris del suelo, las rocas enormes como montañas y livianas como piedra pómez, la niebla perpetua y el plutonio. Allí Hipólito lloró y maldijo.

Cuando sus lágrimas se secaron, cuando sus labios agotaron el diccionario de las injurias y su rencor adquirió la frialdad del acero, se entregó a la composición de una obra extraordinaria. Con la paciencia que sólo un odio puro puede brindar, tramó su plan. Meticuloso, pulió y ajustó el último detalle del insidioso engendro. Sólo entonces se permitió una sonrisa, si podemos llamar así a la grieta facial que marcó el comienzo de la desgracia.

En un mensaje radiado al universo contó que había encontrado en Necrón una civilización perfecta, la más envidiable comunidad que se pudiera concebir. Sus pobladores —criaturas radiantes, luminosos ectoplasmas— no tenían que trabajar porque se nutrían de la misma radiactividad del planeta. Nada sabían de la vejez ni de la muerte, fenómenos desconocidos entre ellos. Vivían en un mundo de sensaciones y pensamientos. En un segundo mensaje, explicó la rigurosa disciplina que debía seguirse para aspirar a ese paraíso.

En un principio los mensajes tuvieron gratas consecuencias. Los hombres se hicieron mejores. Sueños enaltecedores enriquecieron sus vidas. De esa búsqueda de perfección surgieron los magos, los botánicos, las bacantes, los rapsodas y los filósofos. Se urdieron asombrosas mitologías. Se alcanzaron altos logros, muchos… pero nada parecido a la dicha ni a la inmortalidad.

Vinieron entonces la desilusión y el desgano. El impulso creativo degeneró en precepto normativo, el conjuro derivó en dogma, los cánticos se petrificaron en doctrinas; la religión ya no fue tarea de poetas sino rutina de fanáticos, y así fueron degenerando las cosas hasta llegar, en los tiempos que corren, a la diversidad de sectas y el becerro común, al frenesí del éxito y la ciega carrera. Desde entonces los mortales se afanan en vano en pos de la felicidad, la siempre esquiva, y tras ellos, la muerte, la siempre invicta.

Es por esto que el universo necesita con urgencia un teólogo que desenmascare al falso profeta de Necrón; necesita un pensador que desenrede sus metafísicas ecuaciones; un redentor que expíe la infamia de los hombres de Vulcano. O quizá ya la expiaron los que asistieron a la desintegración del planeta, pero aún los dioses no se sacian de nuestra desgracia.

Tenía razón Alceo: “Es más fácil llenar un niño con dulces que un dios con mares de lágrimas”.

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