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Uno cree que es fácil distinguir un objeto natural de uno manufacturado. A primera vista vemos en una mesa, un pañuelo o un cuchillo, el artefacto, la industria. Pero explicar cómo los distinguimos no es fácil porque esta diferenciación la hacemos basándonos en la experiencia (sabemos que no hay árboles de cuchillos) o en unas rutinas mentales de las que no somos conscientes.
Tal vez podamos hallar la respuesta con otra pregunta: ¿cómo programar un robot para que distinga estos dos grupos de objetos? Lo mejor es concentrarse en la forma. Una piedra irregular es, casi con toda seguridad, natural; si es ovoide es “sospechosa” y lo más prudente será aplazar su clasificación; y si es perfectamente esférica no hay duda, ha sido tallada y es, por lo tanto, un objeto manufacturado. La forma, pues, y en concreto la regularidad, será el norte del programa. Una piedra puede tener cuatro caras y ser natural. Pero si sus caras son iguales, es decir, si es un cubo, sabemos que la mano del hombre ha estado allí.
El número de ejemplares también es un dato que el robot debe considerar. Si hay copias idénticas del objeto a la vista, concluirá que está frente a un artículo industrial porque la naturaleza, se sabe, no se repite nunca.
Supongamos que el robot entra a un almacén. Clasificará como artificiales las paredes, por su lisura, y los artículos por su repetición. Las piedras del jardín interior, por el contrario, serán clasificadas como naturales porque son ásperas y únicas. Pero los dijes de cuarzo de una vitrina lo confundirán. Todo en ellos (la lisura y la regularidad de sus caras, sus aristas rectas) le dirá que está frente a un objeto manufacturado.
Podemos ajustar el programa. No será difícil, lo sabemos todo sobre cristales. Sabemos que son regulares porque sus moléculas son cubos, pirámides o tetraedros; conocemos la conductividad eléctrica de cada cristal y los joyeros tienen ohmiómetros para determinar la autenticidad de las gemas con base en el cálculo de sus resistencias eléctricas. Con estos datos el robot puede seguir adelante: si la piedra de la joyería es regular, la pasa por el ohmiómetro. Si resulta ser una piedra que sólo se encuentra en la naturaleza en estado irregular (digamos una esmeralda), entonces este ejemplar tiene que haber sido tallado. Si se trata de un cristal regular, como el cuarzo, entonces deberá afinar su evaluación geométrica para determinar si es una piedra “tallada” sólo por la naturaleza o si el hombre ha colaborado en el proceso. (En su estado natural, las caras laterales de las piedras regulares son perfectamente lisas, pero sus extremos son toscos siempre).
El robot volverá a tener problemas en la bodega del almacén, donde hay un panal de abejas. Amén de un buen trabajo de ingeniería, las celdas hexagonales del panal son muy regulares… Pero no son cristales. Están construidas en serie como los bloques de apartamentos, y son manufacturadas, sí, pero no por el hombre. ¿Cómo clasificarlas? El programa deberá ajustarse nuevamente, esta vez desde la semántica, para darles a las palabras natural y manufacturado significados precisos.
Lo anterior es una síntesis presurosa del capítulo uno del libro Azar y necesidad, del biólogo Jacques Monod. El robot, conocido en el mundo académico como “la máquina de Monod”, es un recurso pedagógico del autor para introducirnos en el estudio de las estructuras y funciones de los seres vivos. El libro es un intrincado clásico de la divulgación científica, un objeto de culto ante el cual se inclinan conmovidos los ingenieros genéticos y moleculares, y ante el cual me inclinaré también yo… Cuando logre pasar del primer capítulo.