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Los concursos literarios

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Fui jurado en varios concursos de literatura este año y volví a comprobar que la distribución de los resultados no escapan a la dictadura de la campana de Gauss: pocas obras pésimas, pocas obras excelentes y muchas regulares.

El defecto más recurrente de los cuentos de los concursos, e incluso de los cuentos de muchos autores consagrados, consiste en que no tienen un conflicto capaz de generar la tensión que el género requiere. O abusan de la poesía, las descripciones y las reflexiones, que congelan el tiempo; o de las evocaciones, que lo tiran para atrás. Así, no hay relato que avance.

La potencia del ensayo estriba en que es eso, un ensayo, no una monografía científica. Es decir que tiene licencia para especular (la especulación es al ensayo como la imaginación al cuento). Y no está obligado a ser exhaustivo. No tiene que ser riguroso ni agotar el tema. Toma algunos aspectos del asunto y los recrea.

“El ensayista es un sujeto que sostiene con gracia un punto de vista original”. (Jaime Alberto Vélez).

Los ensayos malos de los concursos, y de los autores consagrados, están hechos a golpes de erudición. Son resecos, enciclopédicos, desangelados. Carecen de vuelo, de gracia, de levedad. Son, para decir de una vez palabras fatales, tratados. Son pesados y oscuros, como esos ladrillos de barro que se cocían hace milenios bajo el sol de Babilonia.

Esto por el lado de los concursantes. Por el lado de los organizadores hay dos errores. El primero es que pagan muy mal y espantan a los buenos lectores (el mejor jurado es un buen lector, eso es todo). Supe de un concurso de estímulos a la creación literaria, ordenado por un departamento rico y operado por una rica universidad privada, ¡que le pagó tres millones de pesos a cada miembro de una sola terna para que evaluara cuatro géneros! Es un caso extremo, sí, pero la verdad es que la tarifa estándar (y antigua), tres millones por género, es muy poco. Sugiero que los departamentos y los municipios eliminen al intermediario, que sirve para lo que sirve la vacuna de Patarroyo; que los jurados deliberen por Skype y que se invierta el dinero de operadores, hoteles y tiquetes aéreos en reforzar los honorarios de los jurados.

El segundo error es que los criterios de evaluación no los definen los jurados sino otras personas —idóneas unas, funcionarios otros—, pero en todo caso distintas a las que evaluarán las obras, y termina uno juzgando las obras con estéticas ajenas, u obligado a descartar un poema porque no exalta “los valores de la santandereanidad”. ¡Joder!

¿Será mucho pedir que sean los mismos jurados los que establezcan los criterios de evaluación?

Hago estas consideraciones porque se trata de un trabajo delicado. Ser jurado significa evaluar lo invaluable; aplicar un canon… pero estar atento a una violación brillante de ese canon; recordar que alguien ha invertido años en la redacción de ese fajo de hojas que tiene entre sus manos, que el premio le puede cambiar la vida a su autor, que allí puede haber cifras claves de la psicología, la filosofía, la crítica o la política, o del simple goce de la lectura.

Un buen jurado no olvida que el proceso de composición es un misterio. “Amanuense de los murmullos de los dioses, cuyas distracciones debe suplir, el poeta construye un orden posible”. (Jorge Luis Borges).

Estas son las responsabilidades de un jurado de literatura, digo yo. Usted dirá que no me tome las cosas tan en serio, que ya parezco un tratadista y que, al fin y al cabo, los jurados siempre fallan. ¡Joder!

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