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Antes de la proclamación de Juan Guaidó como presidente encargado y de las marchas multitudinarias del miércoles (E-23), el momento más crítico para el régimen de Nicolás Maduro ocurrió durante las protestas populares de julio y agosto de 2017, que fueron reprimidas brutalmente. Luego la oposición se desdibujó y sus líderes fueron silenciados. A Leopoldo López y Antonio Ledezma los callaron con la cárcel. A Ramos Allup y Henrique Capriles les llenaron la boca de petrodólares. A la gente la amenazaron con condenas de 25 años solo por salir a marchar.
Pero la situación cambió por dos sucesos: el primero, el éxodo de 3,3 millones de venezolanos hacia los países vecinos, el mayor desplazamiento migratorio de la historia de América, fenómeno que ha tocado la sensibilidad del mundo y convertido la crisis de Venezuela en un problema regional. El segundo factor fue la aparición en escena de Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional (AN), la legítima, no la de bolsillo que controla el régimen.
Guaidó es un líder sin pasado, sin delirios mesiánicos, tranquilo en sus intervenciones y claro en el análisis. Los tres peligros de la oposición, dice, son la represión, las elecciones sin garantías y los falsos diálogos (se refiere a las reiteradas mamadas de gallo de Maduro a la oposición).
También es claro su plan de batalla: la AN debe trabajar sobre las fisuras que existen al interior de las Fuerzas Armadas, buscar el reconocimiento internacional de la AN, abrir canales para la ayuda humanitaria al pueblo venezolano, reconocer los funcionarios que nombre la AN, colaborar con la justicia internacional en la incautación de activos del Cartel de los Soles en el exterior, denunciar a personas y funcionarios que atenten contra el pueblo venezolano o violen su Constitución, y convocar a elecciones 30 días después de que Maduro abandone el poder.
En diciembre, la posibilidad de que el pueblo venezolano pudiera tumbar a un dictador atornillado al poder con 12 generales en ministerios muy ricos, era remota. Pero en enero fue evidente la fragilidad del régimen. Los barrios de ladera de Caracas, viejos bastiones del chavismo, bajaron al centro a protestar contra el Gobierno. A la posesión de Maduro solo asistieron cuatro de los casi 200 presidentes del mundo. Las marchas que planeó el régimen para el E-23 fueron un fracaso. La de Caracas fue tan lánguida que cupo en un patio del Palacio de Miraflores. Las marchas de la oposición, en cambio, movilizaron centenares de miles de personas en todo el país. Hoy, muchas naciones reconocen a Guaidó como presidente de Venezuela, entre estas casi todos los países americanos y los de la Unión Europea. También el BID.
Los principales apoyos de Maduro son Putin y Obrador, que insisten en que Maduro representa “la soberanía del pueblo venezolano”, e Irán y China, que hace su agosto con varios de los suculentos recursos del arco minero venezolano. Maduro también ha recibido “el abrazo del oso” de Hezbolá, Hamas y el Eln. Solo falta Isis…
Las marchas de la oposición del E-23 fueron impresionantes por su caudal y conmovedoras por el orden, un detalle donde los analistas vieron un reflejo de la serenidad de Guaidó. Hubo momentos muy bellos: en Caicará del Orinoco, Carabobo, Tucaní y otras ciudades, los soldados enviados a bloquear el paso de las marchas bajaron las armas y acompañaron a los manifestantes. La gente los abrazaba. “Me sentí en Francia”, dijo una señora con lágrimas en los ojos.
Nota para los chavistas colombianos: en próximas columnas me ocuparé del asesinato de los líderes sociales y de la sed de los niños de la Guajira.