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Con la venia del lector sensato, voy a explicarle cosas obvias al escéptico de los diálogos de La Habana.
El tema del cese bilateral al fuego plantea un dilema arisco. Acordarlo plantea problemas. Rechazarlo también. Un acuerdo de cese al fuego será en la práctica una larga tregua porque, como ya lo reconocieron Timochenko y Humberto de la Calle, la firma final no está a la vuelta de la esquina. En el mejor de los casos, sería en septiembre, como un apoyo de las Farc a la Unidad Nacional y a los partidos moderados, de cara a las elecciones de octubre y pensando en el posconflicto y en sus propios intereses: a las Farc les conviene la elección de alcaldes y gobernadores que le apuesten a la paz. Entre tanto, en estos siete meses, los escépticos enrarecerán la atmósfera de las negociaciones diciendo que las Farc aprovechan el cese para recuperar fuerzas, que el Gobierno “caguanizó” todo el país y que el Ejército está maniatado.
Si el Ejército arrecia sus operaciones contra las Farc, se “calienta” la mesa en La Habana. Las Farc dirán que esa respuesta no se compadece con su gesto del cese unilateral al fuego.
Si las Farc deciden romper el cese (como ya amenazó Timochenko antier) y se vuelve a negociar en medio de la balacera, se reduce el apoyo de la opinión pública a los diálogos y se fortalece la posición belicista de la ultraderecha. Y nadie, ni la derecha ni el santo Job, soportará voladuras de oleoductos y torres eléctricas ni ataques a la población civil a esta altura de las negociaciones.
Es por esto que se ha optado por el camino del medio, “desescalar” la guerra: el Ejército ha suspendido los bombardeos, una táctica que no tiene sentido ahora que los “objetivos militares de alto valor” están todos en La Habana, y las Farc han limitado sus operaciones a maniobras estrictamente defensivas.
Aunque se piensa que nada ha cambiado en los últimos años, la verdad es que el “tiempo de la selva” quedó atrás. Ahora el reloj corre al mismo ritmo para ambas partes. El Gobierno no puede “despejar” por mucho tiempo el país (en la práctica, las treguas se parecen a los despejes) y las Farc no pueden dejar a sus comandantes muchos meses en La Habana sin perjudicar la conexión entre sus líneas de mando.
“La paz no se conseguirá con la firma de un papel en La Habana”, dicen los agudísimos escépticos. Por supuesto que no. “La paz” es la metáfora usada en todos los tiempos para nombrar un acuerdo que se sella con la firma de un papel; es un ritual necesario para iniciar un proyecto de reconstrucción que permita un día alcanzar la paz, sin comillas y en la realidad, no en el papel.
Es verdad que un acuerdo en La Habana no garantiza mucho. Nadie sabe a dónde puede conducirnos, pero al menos abre las posibilidades. Puede estimular propuestas creativas, restañar heridas, incubar sueños colectivos. En cambio, sí sabemos a dónde nos lleva el otro camino: el fracaso de las negociaciones cierra las posibilidades y nos lleva directo al eterno presente, es decir, al pasado, a nuestro sangriento y doloroso pasado.
Frente al posconflicto, las preguntas de los escépticos son más complejas. Por ejemplo, ¿cómo se financiará la paz? Nadie tiene la respuesta, pero sí sabemos que la paz es menos cara que la guerra. Si hemos podido recaudar cientos de billones de pesos durante más de medio siglo para aceitar la guerra (que en últimas consiste en enfrentar ejércitos de muchachos pobres, liderados por generales y comandantes viejos y ricos), ¿será mucho pedir que tratemos de financiar un proceso de reconstrucción nacional? ¿O al menos silenciar las armas un tiempo a ver si logramos oírnos, entendernos y pensar?