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Párrafos claves

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Una de mis manías es coleccionar párrafos. Transcribo aquí algunos para ponerlos a la consideración de los lectores.

“En el siglo VII un hombre montado en un camello y acurrucado entre dos sacos, uno de higos y otro de trigo, entró en Alejandría. Estos dos sacos, y por añadidura un plato de madera, constituían todas sus riquezas. Este hombre sólo se sentaba en el suelo, y no se alimentaba más que de pan y de agua. Había conquistado la mitad del Asia y del África. Había asaltado o quemado treinta y seis mil ciudades, aldeas, fortalezas y castillos. Había destruido cuatro mil templos paganos o cristianos. Había edificado mil cuatrocientas mezquitas. Había vencido a Izdeger, rey de Persia, y a Heraclio, emperador de Oriente. Este hombre se llamaba Omar y quemó la Biblioteca de Alejandría” (Víctor Hugo, William Shakespeare).

“El orbe kantiano descansaba sobre tres pilares robustos: lógica aristotélica, geometría euclidiana y mecánica newtoniana. Pero de pronto empezaron a aparecer grietas interesantes en estos pilares: la geometría de Riemann propuso una escenografía que ceñía mejor el universo estelar; la ‘lógica borrosa’ descubrió que la realidad no era blanca o negra sino un gran fresco de grises, y Einstein demostró que la mecánica de Newton era sólo un caso especial de la teoría general de la relatividad” (S.F. Barker, Filosofía de las matemáticas).

Hablando de pilares oblicuos, hay que citar una terna famosa: la escuela, la democracia y la familia. Ninguna funciona bien pero ahí siguen porque no hemos ideado nada mejor que la escuela para la transmisión de la herencia cultural, nada mejor que la democracia para la administración de la cosa pública, y nada mejor que la familia como célula social.

“Entre el siglo XIII y el clasicismo del siglo XVII, Europa transforma todas sus actividades. El símbolo es sustituido por la representación, la monodia por la polifonía, la oración por la acción, la teología por el humanismo, el misterio por el drama, el relato por la novela, la crónica por la historia y el mito por la teoría científica” (François Jacob, El ratón, la mosca y el hombre).

“Quevedo no es inferior a nadie, pero no ha dado con un símbolo que se apodere de la imaginación de los hombres. Homero tiene a Príamo, que besa las homicidas manos de Aquiles; Sófocles tiene un rey que descifra enigmas y a quien los hados harán descifrar el horror de su propio destino; Dante, los nueve círculos infernales y la rosa paradisíaca; Shakespeare, sus orbes de violencia y de música; Swift, su república de caballos virtuosos y yahoos bestiales; Melville, la abominación y el amor de la ballena blanca; Franz Kafka, sus crecientes y sórdidos laberintos. No hay escritor de fama universal que no haya amonedado un símbolo; este, conviene recordar, no siempre es objetivo y externo. Góngora o Mallarmé, verbigracia, perduran como el escritor que laboriosamente forja una obra secreta; Whitman, como protagonista semidivino de Leaves of grass. De Quevedo, en cambio, sólo perdura una imagen caricatural” (J.L. Borges, Otras inquisiciones (Chapeau, Georgie!)).

“El cristianismo es la suma del monoteísmo hebreo, el idealismo platónico y el imperialismo romano” (E. Gibbon, Declinación y caída del Imperio romano).

Todos estos párrafos tienen algo común: resumen en pocas líneas vastos períodos de tiempo, viejas polémicas, largos anaqueles. Ahí reside su encanto: brindan panorámicas del laberinto, hitos en perspectiva para repensar el mundo. O como dijo Thomas Mann en su célebre ensayo sobre Schopenhauer: “El espíritu del hombre ha soñado siempre con una teoría total del universo. De aquí la emoción estética que nos suscitan las grandes síntesis del pensamiento”.

Julio César Londoño*

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