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Pequeños milagros

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ESTÁ BIEN QUE EXISTA UN DIOS CON mayúscula, una entidad superior que se encargue de mantener los astros en sus órbitas, radiantes las estrellas y lacias las colas de los cometas; un ser al que le podamos pedir milagros complejos:

la paz de Colombia, el triunfo de Mockus, la curación de un familiar desahuciado, la limpieza del Golfo de México y del aire de Islandia. Pero también debería existir en los cielos un dios subalterno, una potencia menor a la que podamos encargarle prodigios menores; quiero decir que debería haber en los cielos una división del trabajo semejante a la que opera en la Tierra: hay diligencias complejas que requieren la intervención de ministros y cancilleres, y mandados sencillos que los puede hacer cualquier muchacho diligente.

“El dios de las pequeñas cosas” se ocuparía de resolver problemas insolubles para un mortal y, a la vez, indignos de ocupar la atención de Dios. Por ejemplo, si una tarde una madre necesita con urgencia un arco iris para calmar el llanto de su niño, podría recurrir a esa deidad subalterna, pedir auxilio con cromático fervor y al instante se llenarían de colores la tarde, el cielo y las lágrimas del pequeño; o si al final de sus días un anciano quisiera volver a acariciar el relicario que perdió en un río de su juventud; o si un poeta se desespera porque no halla palabras que rimen con frac y reloj; o si Olga Regina quiere que el viernes le salga un grano en la nariz a esa flaca pelirroja que tiene hechizados a los muchachos del barrio, bastaría que todos —la madre, el anciano, el poeta y Olga Regina— invocaran al “dios de las pequeñas cosas”, y al momento brotarían el grano, el relicario, Balzac y el árbol de boj.

 Si bien no muy poderoso, el dios de las pequeñas cosas debe ser una divinidad prudente, porque, se sabe, “todas las cosas están ligadas entre sí de tal manera que no se puede cortar una flor sin perturbar cierta estrella”. La concesión de un favor doméstico puede tener insospechadas repercusiones internacionales. Casos se han visto. Como la vez que una becaria le concedió un favorcillo al Presidente y al instante una aldea africana fue borrada del mapa por las bombas del Presidente.

 Omnipotente y todo lo que se quiera, a Dios le vendría bien un asistente así. No debe ser fácil calcular con precisión el big bang, resolver lo del big crunch, cuidar que la evolución y los biólogos no le trastornen la creación, que el Gran Colisionador no le capture “la partícula divina”, que Alá no se mate con Jehová, y todo en medio del barullo de las plegarias de seis mil ochocientos millones de fieles pidiendo Balotos, visas, Icfes, salud, trabajo, pensión, justicia, impunidad…

 Qué bueno sería que tuviéramos, como los antiguos, una legión de pequeños dioses con que contar. Divinidades agrícolas, bélicas, marinas, comerciales, artísticas, románticas. Divinidades especializadas. O quizás las tenemos, pero somos ciegos a la revelación. Quizás los dioses antiguos persisten por ahí, tímidos, pasados de moda, anacrónicos en estos tiempos monoteístas, pero aún dioses, mágicos, buenos. Quizá por eso es que a veces nos encontramos a la vuelta de cualquier esquina un arco iris doble (el externo es natural; el segundo, el de los colores invertidos, es el que pidió la señora de arriba). O nos viene a la mente, de pronto, sin pensar en ello, el dato que habíamos estado tratando de recordar. O sale el sol en el último instante de una tarde gris, florece súbitamente un guayacán amarillo en medio de las nubes de esmog de la avenida y sonríe entre tules un bebé dormido.

 Quizá son ellos los que animan a Dios cuando desfallece. También son ellos, estoy seguro (ya son chochos y traviesos), los que nos esconden todos los días las benditas llaves.

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